viernes, 15 de julio de 2016

MÁS FLOJO QUE UN PERRO DE TIERRA CALIENTE. MÁS TRISTE QUE UN ÑERO TIRANDO DE UN CAMIÓN DE JUGUETE CON UNA CABUYA

La terminal de transporte intermunicipal de Bogotá es similar a la de muchos pueblos y ciudades pequeñas en Colombia: una estructura levantada en ladrillo moreno, de una sola planta, en la que los muros de los pasillos están decorados con paquetes de achiras alargados que cuelgan como chorizos, dulces duros cual cera fría similares a un cirio, gaseosas de marcas locales que parecen haber estado exhibidas en los aparadores desde siempre, bloques de caramelo traslúcido. Las plataformas de abordaje, rodeadas por los pasillos comerciales, custodiadas por vigilantes privados que se dan aires de Policía y por policías resignados sin aspavientos.
Justo unos minutos después de abordar el conductor anunció la partida. El supervisor, en traje gris de paño pesado lo presentó.
El conductor que los llevará a su destino es Freddy Ramírez. Dijo, extendiendo su mano hacia el conductor que, en mangas de camisa y pantalón de lino negro, se hurgaba el trasero sin disimulo. Después de contar cabezas con su dedo índice hizo una pausa y prosiguió, volviéndose hacia Freddy. Hace falta la mitad para completar el cupo, Freddy. Sólo hay siete pasajeros.
El cupo, minutos después, lo completan una mujer joven de falda y aretes que cuelgan de los lóbulos de sus orejas como estalactitas, y de dudosa reputación; un hombre negro que examina cada tanto su iPhone blanco, con las piernas estiradas sobre los cojines en imitación de terciopelo (de esa tela que se torna más oscura o clara según la dirección en que se le acaricie); y dos franceses guiados por una viejita local, sexy pero no bonita.
Sobre las cabezas de los pasajeros en una pantalla se proyectan vídeos de música popular colombiana, y un río negro serpentea sin reflejar en su superficie una hoguera encendida al margen. El sol cansado de la tarde se filtra sobre el filo de las montañas.
La viejita que sirve de guía a los franceses les explica que la música que se reproduce en la pantalla de la van (¿por qué le llaman aerovan?) es de despecho, muy a propósito para beber, y como no encuentra una palabra en francés o inglés para hacerle entender el significado de despecho, uno de sus acompañantes concluye que despecho es depresión. Ella lo contradice sin palabras con qué corregirlo. No conozco la palabra en inglés que se refiera exactamente a la tusa, pero sé que la que identifica a un entusado es brokenhearted, y a pesar de que quise meter la cucharada temí que me saliera lo comido por lo servido.
A través de la ventana de la van (aerovan) distingo unas nubes bajas que bordean la cima de una montaña aislada, como una aureola. En la pendiente de esa montaña tupida como el vello de un pubis tierno, un rectángulo perfecto de tierra arado, y un campesino de sombrero admirándolo desde un costado.
Por un tramo las ondulaciones en la carretera, una tras otra, dan la misma sensación de vacío que una montaña rusa. En una parada viejitas diminutas, que bien podrían ser niñas, venden pasabocas que cargan en canastas de mimbre.

Un pasajero (sentado en el pasillo) de contrabando que, o no pagó el pasaje o tan sólo una tarifa inferior convenida con el ayudante. Quizá por eso las llaman aerovan: sobrevenden los viajes al igual que las aerolíneas.

sábado, 7 de mayo de 2016

CONTUSA

Diez minutos antes de que iniciara la clase llegué. Fumé con prisa un cigarro a la mitad y arrojé la colilla con desdén. Con paso ligero me deslicé por los pasillos, saludando de afán a los vigilantes, sin siquiera mirarlos, contrario a mi costumbre. Detrás de las paredes asomaba la cabeza, cerciorándome de que podría enfilar hacia el salón sin riesgo de propiciar un encuentro, y la volvía a ocultar. Me sentí en una variación del juego del escondite en la que el premio al ganador era no encontrar al que se ocultaba.
Hace cuatro semanas en ese mismo lugar tuvo ocasión la última vez que la vi. La luz de un sol tibio se filtraba perezosamente por entre las ramas de los árboles del patio en que estaban, perpendicular el mío al de ella, nuestros salones de clase. De un vaso de icopor apuraba sorbos al café cuando una compañera de clase, de la cual ignoro siquiera su nombre aunque reconocería sus piercings y tatuajes en cualquier otro lugar, se acercó.
—Ve, ¿dónde venden café?
Señalé hacia la cocina que estaba en un costado del patio. —Ahí hay una greca. Te puedes servir a gusto.
—Ve, ¿y cómo vas con tu escrito? Yo quiero escribir sobre una persona a la que se le hubiese practicado un exorcismo. —Regresó de la cocina la compañera tatuada, con un vaso de icopor idéntico al que sostuviera yo, pero lleno hasta el aro.
—No me he decidido aún. He iniciado un par de borradores que aún no logran convencerme lo suficiente como para terminarlos. —Respondí desanimado, con la mirada clavada en el salón en el que Edith se veía divertida recibiendo clase. —Uh. Un tema complicado aunque interesante. Podrías acercarte a la Catedral Primada a solicitar información relevante. ¿Conoces acaso a alguien que…? —Añadí.
—Sí. Yo. A los catorce años me exorcizaron.
La clase de Edith terminó y todos los asistentes se dispersaron presurosos. Me disculpé con mi compañera de clase y la abordé. Le besé en sus labios generosos.
—¿En qué quedamos entonces?
—Voy a casa de Ángela. Ya hablé con ella. De allá salimos para almorzar con Claudia. En la noche celebraremos su cumpleaños, aunque no sé todavía a dónde iremos. Hablamos en el curso de la tarde a ver qué, ¿no?
—Sin duda. Te amo. —Sonreí francamente y la besé de nuevo.

*    *  *

Cosas hijueputas y la tusa. A mí, ni a ningún otro, creo, le prepararon en la universidad para enfrentarla con valentía elocuente y dignidad sosegada, aunque tenga experiencia certificada suficiente para incluir un grado de maestría en la hoja de vida. O al menos un diplomado con equivalencia de doctorado, en el peor de los casos.
Sobre la ruptura se puede afirmar, con el menosprecio de quien estima el dolor ajeno inferior al propio, que del mismo modo en que se hace una costumbre de la presencia de alguien se puede olvidar. Que el tiempo todo lo cura. Que el consuelo vendrá con el tiempo, como si se tratara de una materia susceptible de manipular caprichosamente. Porque el tiempo presente está hecho del pasado, y el futuro de aquél. De manera que la amargura vigente en el tiempo presente está hecha de la dicha disfrutada en el tiempo pasado, y el consuelo que se sospecha vendrá con el futuro, del estoicismo con que se confiesan los porqués como absolutos irrefutables.

*  *  *

Media hora después de que terminara la clase de Edith abandoné, satisfecho, la mía. Caminé por la Candelaria temeroso, a pesar de contar con tiempo suficiente para evitarla, de toparme con la coincidencia de verla en algún establecimiento que se cruzara por mi camino compartiendo un café o el almuerzo con alguien más.
Sus zapatos de charol ya habrían andado las calles adoquinadas que juntos recorrimos de camino a su oficina en las mañanas, extenuados, de su oficina a casa en las noches, pero ahora ignorantes de lo que es transitar por cuenta propia.
A medida que avanzaba los balcones verdes que me observaban encaramados en las fachadas blancas quedaban atrás y se transformaron en una calle amplia de adoquines desencajados por la que circulan los buses rojos en ambos sentidos y fluye sin aliento un canal de agua. En vista de que no tenía a dónde ir me detuve a sondear las novedades exhibidas en la vitrina de la Librería Lerner sobre la Avenida Jiménez —en la que no me cuesta recordar a Edith, como hipocondríaco en botica, saltando de un anaquel a otro, deteniéndose a examinar, seleccionando libros y acomodándolos en su brazo, con la destreza de un mesero curtido en servir a varias mesas a la vez, y luego valorándolos con Goodreads para proceder a desechar los menos atractivos— cuando, de repente, una mujer con un niño en brazos, hablándole a mi nuca, me pidió dinero para comprar una bolsa de leche. No sé qué me conmovió, si la situación de la mujer, la cual no quise juzgar, o que Edith no habría dudado en darle la ayuda que solicitaba. Revolví el contenido de mi bolsillo y le entregué, con recibo incluido, el cambio que me sobró después de comprar un paquete de cigarros.
Visiblemente abrumado atravesé el Parque de los Periodistas, y esquivé transeúntes en el túnel de Transmilenio enterrado bajo la Carrera Tercera y tomé hacia mi casa la ruta de bus que, en otros días, me llevara también a casa de Edith.

*  *  *

De la ruptura no se sufre únicamente a causa de la ausencia del otro, sino, además, en el caso de haberse establecido exitosamente una relación en que se compartiera el compromiso de mantener a flote el orden de un hogar, el desprendimiento de las actividades, espacios y objetos en los que tenía lugar el oficio conyugal. Por más rutinaria que sea la vida de pareja nunca es monótona.
La rutina está compuesta por actividades y rituales que van desde la responsabilidad hasta el placer. Hacer mercado, esperar al técnico que va a reparar la secadora, perseguir por el vecindario la ruta del colegio cuando no le viene en gana esperar dos minutos al niño, levantarse a las 5 de la mañana a preparar desayunos y tender camas, despertar con un beso al otro, ir al cine, al teatro, visitar las librerías, reconciliarse luego de una discusión, comer helado tendidos en la cama una tarde de domingo viendo y comentando series de tele, disponer los preparativos de un viaje de trabajo, planear las vacaciones familiares, como un perrito pegarle la respiración agitada al otro en el cuello, citas médicas, exámenes de admisión a universidades, libros… entre muchas otras más, sin contar, en dado caso, a las amistades que se tengan en común.
En síntesis, la tusa tardará en mermar cuanto le tome a los involucrados en la ruptura armarse del valor necesario para desprenderse de los detalles de que se compone la rutina. Es menester, en consecuencia, hacerlo paso a paso, de ser posible, olvidar una cosa a la vez. Para empezar, justo después de la separación, lo primero que se olvida es la cama que se compartió.
Es común, por tanto, sentir la presencia de la persona ausente en los lugares y situaciones más insólitos, lo mismo en la envoltura de una paleta Polet o en la tapa de un libro que en el cascabel que cuelga del cuello de un gato.
En todas partes habita. Eso ni Dios.

*  *  *

“Letting people believe the bad times were over,
waiting for them to relax and forget there hade ver been
bad times at all.”

Durante las primeras dos semanas que siguieron a la ruptura, a pesar de que nos eliminamos mutuamente en redes, la espiaba en internet sin tregua con la ingenua esperanza de encontrarme con un mensaje cifrado, una pista, o al menos, alguna alusión referente a que seguíamos unidos por el recíproco dolor. Encontré, en cambio, que en apariencia tiene una nueva ilusión. Enhorabuena. Y claro, me dolió —aún— como un putas pero, al fin y al cabo, uno de los porqués para terminar fue darle la oportunidad de hallar a alguien que pudiera hacerla feliz. De tal magnitud es mi inseguridad.
No tuve opción distinta que detener el ‘estalqueo’, no sin antes, por supuesto, recaer, y leer una entrada que hizo Edith sobre el tiempo, el amor y las ausencias. Me ganó el llanto.
Por un momento, el dolor que me abatía le abrió espacio al de Edith. Darme cuenta de que, de alguna y de todas formas, yo estaba todavía presente en su casa como esos fantasmas que abren puertas o apagan las luces que cuando están no saben hacerse sentir, y en su ausencia no pueden callar bien haciendo bulla en la cocina con las ollas o murmurando en las escaleras cual viejo rencoroso.
—Voy a la cocina por un vaso de agua, ¿quieres que te suba algo?
—Vale, monín. Me antoja un té de esos que son para… ellas, en esos… días. —Reía. Para saber, y cuánto lo detestaba, que dejaría enfriar el té sin probar en el pocillo. Quizás el amor se compone tanto del aprovechamiento del gusto como de restarle importancia al disgusto.  
De tener que ir a recoger las pocas cosas que había dejado en su casa, lo que menos me inquietaba era la vergüenza que pasaría con los vigilantes, quienes sin duda harían bromas entre ellos, especulando sobre los motivos de nuestra separación. Imaginaba a Edith empacando mis cosas en la bolsa de cambrel que me entregaron en la portería: unos jeans, una camiseta con tiburones plateados estampados sobre un fondo azul océano que ella me regaló, una camiseta tipo polo verde, medias, boxers, ni siquiera olvidó el cepillo de dientes. De ñapa, en el paquete había un libro que le persuadí a comprar y que hasta ese día descansara en la repisa destinada a los libros en lista de espera, con una dedicatoria.
“Este libro es para ti. Gracias por todo tu amor y por haber cambiado mi vida.”  
Supongo que en el proceso no había manera de consolarla. Eso sí que me inquietó. La parte fácil me quedó a mí. A ella, no siendo bastante con haber tenido que lidiar con mis mañas mientras estuve a su lado, ahora tendría que hacerse a la idea de que los espacios que antes ocupara ahora permanecerían vacíos.
Para ponerle punto final al tema, sin titubear, Edith sacudió los cabellos que quedaron en la almohada que yo usaba.

*  *  *

“I know starting over it’s not what life’s about
But my thoughts were so loud I could’n hear my mouth”

En la tarde del día en que fue el cumpleaños de Claudia me entretuve adelantando lecturas y tarea para la próxima clase. No fue sino hasta las nueve pasadas que recibí una llamada de Edith en que me informara sobre el lugar en que celebrarían.
—Disfruta, mamá. —Le deseé suerte.
—Gracias, monito. Te amo.
—Yo a ti.
Habitualmente, en la eventualidad de sus reuniones con amigas, ella solía enviar uno que otro mensaje por WhatsApp, y siempre me hacía saber cuándo estaba a salvo en casa fuera la hora que fuera. Esa noche no hubo mensajes ni llamada. Dormí como me las arreglé, sudando a cántaros, con la cama desordenada, la sábana a los pies. Antes ella me había advertido que cuando se le acababa el amor se le acababa, y esas iniciativas, producto de la consideración que uno tiene hacia quien ama, a las que me tenía acostumbrado, llegarían a su final.
A la mañana siguiente, a las 8 de la mañana sonó el teléfono. En la pantalla del celular se leía EDITH. ¿Quién más podría ser?
Deslicé el dedo sobre la pantalla aceptando la llamada. —Hola.
—Hola, pollito.
—¿Cómo te acabó de ir? —Le interrogué con todo desafiante.
—Bien, amor. No sabes. Claudia tuvo que acompañarme hasta acá.
—Tú nunca habías hecho esto. —Con tono de derrota le reclamé.
—Amor, perdóname. Estaba muy prendida. Claudia me acompañó hasta acá. —Explicó arrastrando la voz.
—No te creo ni mierda. Tú acabas de llegar a tu casa. Quién cacho sabe dónde pasaste la noche y con quién.
—Amor…
—No quiero hablar contigo. —Di fin a la llamada.
Sonó y vibró el teléfono de nuevo.
—¿Qué quieres?
—Amor, Claudia tuvo que ayudarme a subir hasta la habitación, no podía sostenerme por mí misma. Me puso la pijama. No supe sino hasta que te llamé dónde había dejado la ropa que usé anoche y el celular.
—Ni siquiera sabes dónde dejaste la ropa. Qué belleza. Fijo donde pasaste la noche.
—Amor…
—No quiero hablar contigo. —Le interrumpí.
Esta vez ella dio por terminada la conversación.
Diez minutos después, como un cucarrón, vibró de nuevo el teléfono.
—Dime.
—Amor… por favor perdóname por no llamarte.
—No sé qué pensar. Se me metió en la cabeza que nada de lo que me dices es verdad. ¿Ya se te acabó el amor?
—¿De qué hablas? Amor, deja ese mal genio. No seas viejito gruñón. —Dijo con ternura conmovedora.
—Quiero terminar.
—¿Ah?
—Eso. Que quiero terminar.
—De acuerdo. Como quieras. Pero por lo menos deberíamos vernos y hablar, ¿no crees que es lo correcto?
Sabía que vernos implicaba no poder resistirme a su vocecita, a sus arrumacos, a su amor. Lo sucedido era, por sí misma, una situación que no podía dejar pasar como un malentendido más. —Lo correcto es que no quiera verte.
—Amor…
—Amor nada.
—¿Sabes? Yo también necesito mi espacio. Quiero divertirme también. Y contigo no puedo disfrutar de esos momentos. ¿Qué más quisiera, ah? Tú te niegas a salir con mis amigas por lo que ya sabemos, aunque refutes de entrada la posibilidad alegando que no tienes plata. ¿Sabes? Anoche, sentados en torno a la mesa del bar, lloraba amargamente porque, mono, me siento muerta, contigo no hay lugar a este tipo de entretenimiento. Claro, por lo que ya sabemos y por tus problemas con el alcohol. Mono, ¡es que yo tengo 33 años! Quiero vivir. No puedo ser sólo una mamá.
—¿Te hace sentir acaso muerta que yo viva por ti, que te ame de esta manera irresponsable?
—Tú sabes que no es eso a lo que me refiero…
—Mamá, fue suficiente.
Sonó un bip. —No te voy a rogar más.
—Nadie te pide que me ruegues. —Le dije, con ironía y arrogancia, al teléfono sordo.

*  *  *

Ahora miro fijamente el cursor parpadear. Con el índice de la mano derecha hago girar la ruedita del mouse de arriba abajo y de abajo a arriba, y nada. Nada más hay en mi cabeza.  
La noche de ese mismo día la llamé. Hablamos tranquilos. Hablamos como dos personas que se aman aunque sepan que, a causa del desgaste, no pueden permanecer juntas sin hacerse más daño.

*  *  *

Que el amor sea disparatado, irracional, adolescente, no significa que el desamor, por sí mismo, cuenta con cuanto hace falta para ser considerado propiamente racional. No es posible ser feliz a expensas del dolor de otro, ni mucho menos mitigar el dolor propio con el del otro.

miércoles, 9 de marzo de 2016

DE CUANDO LA LÁSTIMA SE HACE PASAR POR CORTESÍA

La noche bogotana es una amenaza. Siempre es latente el riesgo de ser asaltado dos cuadras antes de llegar a casa o de quedar atrapado durante horas en un embotellamiento de Transmilenio. Con fortuna, la amenaza menos intimidante es la de lluvia.
Una fila de autos amarillos se hace más larga a medida que empieza a menguar el flujo de pasajeros en la Autopista con calle 170, en el sentido norte-sur. El sentido común sugeriría, en ese orden de ideas, que los pasajeros esperaran su turno para abordar un taxi. Primero en llegar primero en salir. Sin embargo, una cosa es el orden de ideas, y otra, la práctica, en una ciudad en la que el orden no pasa de ser una idea. Desde sus taxis detenidos los conductores hacen cambio de luces apenas notan a un pasajero aproximarse a la fila, pitan, levantan el brazo y lo sacan por la ventanilla. Los pasajeros, por su parte, examinan el estado del vehículo y la facha del taxista como criterio de elección. En el sentido sur-norte es similar el desorden; en estéreo, se oyen voces que venden tiquetes a Chiquinquirá, a Tunja, aunque la fila es de buses intermunicipales que esperan uno tras otro a la señal de partida en medio de una atmósfera de olor a fritos mezclado con orín.
Sin despegar la mirada del parabrisas esperó a que sus dos pasajeros abordaran el vehículo. Saludó y, antes de arrancar, puso en marcha el taxímetro: un colega le cerró el paso para aprovechar y tomar el lugar que alguno otro dejara libre. No reclamó. Raro. No se enfadó. Rarísimo. Con la tabla de unidades en la mano le informé al conductor del destino al que nos dirigíamos, no lejos de ahí.
Por costumbre compruebo si coincide la fotografía en la tabla de unidades con el conductor. Por costumbre y por seguridad. De muchas costumbres y manías el temor es el inductor natural. Aliviado, dejé la tabla de unidades en su lugar, detrás del espaldar del puesto del copiloto, sobre el que descansaban unas muletas. No fue sino que manifestara mi incomodidad por el taxista que se le atravesó antes de que arrancáramos, para que el conductor interpretara mi falsa solidaridad como una ventana abierta para saltar al vacío de una conversación.
¿Qué tal el ‘hijueputa’, ah? —Se quejó. —No vaya a creer usted que todos los taxistas somos así. Los hay también buenos. Es que hay cada ‘hijueputa’ que por ganarse dos mil pesos hace lo que sea. —Disculpó a los colegas que eran, según lo que decía, honestos, serviciales y respetuosos como él.
Hmm. —Desanimado contesté sin responder, y el silencio a continuación le sirvió de pretexto, manifestó la misma opinión que tenía de Santos y de los negociadores en La Habana que para Petro: que son unos ‘hijueputas’.
Por eso estamos como estamos. Serían $ 6.000 pesitos, con el recargo nocturno. —Dijo mirándonos por el espejo retrovisor. —La propina es voluntaria.
Edith tenía el dinero listo en la mano, se lo entregó al conductor y huyó al mejor estilo del Centro Democrático, sin dejar siquiera una carta de despedida, mientras, por pura cortesía disfrazada de lástima, dejé entrar por un oído y salir por el odio las quejas del conductor de taxi en muletas.

martes, 3 de noviembre de 2015

¿CÓMO HACER AMIGOS?

Con esta sencilla receta hará amigos más pronto de lo que le toma perderlos. Preste especial atención, no plata, a las instrucciones.

Ingredientes (para 4 porcinos)
1 paquete chileno
Hipocresía al disgusto
1 plata de lecheque de cocompra
1 charada de ‘rayadura’ de l[agr]imón
1 barrabasada de margarina
¼ de hora de aceite de olvida

Antes que nada, después de todo, ponga la barrabasada de margarina en una sartén con el follón encendido. Entre tonto, vierta el contenido del paquete chileno en un recincipiente. Que cuanto usted inspire a los demás sea inversamente proporcional a lo que en realidad usted es. De ser menester conservar los restos del contenido del paquete chileno, envuelva a quien amerite en una conversación al vacío. Únicamente atrévase a decir cuánto desean oír. Agregue una pizca de hipocresía. Observe a la barrabasada de margarina derretirse de amor por la sartén; asegúrese de sostenerla por el mango.
Revuélvase entre la gente hasta que la mezcla sea homogénea. Eche de menos ser uno más. Ponga la mezcla en fuego, leeeeeeento, hasta que le hierva la sangre.
Luego, en un procesador de alimentes, agregue a la mezcla la plata de lecheque de cocompra, y debata hasta que quede a punto de ojos que nieven corazón que no siente. Para encajar, ponga la mezcla en el molde. Muéstrese feliz de hacer favores, pero nunca se sienta libre de pedirlos. No pase por alto aceitar los vínculos emocionales; fíjese en meter las relaciones que sobran al congelador.
Decore la superficie, es decir sólo lo que es aparente a la vista, es decir sus buenas intenciones, con ‘rayadura’ de l[agr]imón.

Sólo resta dividir en desproporciones y servir en bandeja de hojalata.

sábado, 3 de octubre de 2015

LO QUE SE PRESTA NO SE PIDE

No me preste, vengo a robar dos minutos de su valioso tiempo. Dos minutos que nadie le retornará jamás. Rásquese los bolsillos.
En lugar de prestar atención, preste libros. Las atenciones le serán devueltas; con el libro, como sucede con el dinero, se corre el riesgo de que elija permanecer con el recipiente de su generosidad. Nunca, nadie, se ha rehusado a pagar dinero o devolver un libro prestados. Son en cambio, el dinero y los libros, los que por voluntad, sin coacción de índole conocida ni amenaza de por medio, deciden cambiar de propietario.
No me pongo de acuerdo con si el error está en prestar libros o devolverlos. De los libros que reposan en los estantes son pocos de los que me precio de que me fueran prestados. Aún así, a quien cometiera la ingenua torpeza de prestarme un libro el cual no hubiese sido objeto de devolución todavía, no le pido que me disculpe, pero le garantizo que lo leí con juicio y agrado, y de no haber sido así le ruego que se haga a la idea de que no encontraría su libro mejor depositario que mi persona. A diferencia de otros, no acostumbro a destinar un estante para libros prestados, prefiero mezclarlos, de manera que se confunden los propios con los ajenos, y, como evolución de la idea que se tiene de la propiedad, en cierto modo, se puede decir de ésta que es compartida: por quien es su legítimo dueño y a quien se le encarga su posesión. Algo así como la custodia compartida por el padre y la madre. Y si bien es cierto que no son bastantes los libros que extraño, los cuales he entregado con el temor a no verlos jamás, cual si se tratara de mi virginidad, existe una situación en particular que no admite discusión: prestar libros es la razón de ser de una biblioteca.
De buenas intenciones y de libros prestados está hecho el camino al infierno, y de los infiernos que tiene a su bien caminar cada cual están hechos los libros. Que de buenas intenciones se alimenten nuestras condenas: estamos condenados a perder libros que confiamos a manos amigas, y a perder amigos por cuenta de libros prestados. Los hay, los libros, que deliberadamente no serán devueltos, bien sea a causa de un afecto inexplicable que se les tomó por cuenta de su calidad literaria o en auténtico aprecio de la edición del volumen, por olvido consciente, o simplemente porque su utilidad es más estimada en nuestras manos que en las del propietario.
Ahora bien, sobre lo que no sabremos nunca es si el cambio de propietario y residencia le pueda causar trastornos a un libro. Cambios en la personalidad, depresión, deterioro físico manifestado en arrugas prematuras en las hojas y la cubierta, dolor de lomo; circunstancias que explicarían el porqué el mismo libro no es leído por dos personas; es decir, el libro se adapta al lector, le muestra lo que únicamente es visible al lector de turno.
Recuerdo bien un bellísimo volumen de pasta negra y dura, como la del Tino, con ilustraciones a página entera. Una biografía sobre Kurt Cobain. Después de leerlo le tomé gran aprecio y me resistía a separarme de él. Podría decirse de él que estaba olvidado bajo una columna de libros, oculto a la vista de su legítimo propietario, de sucederse el infortunio de recibir una visita inesperada de su parte. Sin embargo, yo sabía de la existencia del libro, ahí, sepultado en vida, y él conocía de mi amor por él, de mis cuidados al retirarle el polvo, de la especial atención que le prestaba a que ninguna de sus hojas sufriera de pliegues. Ambos, el propietario del libro y yo, recordábamos que el libro me había sido prestado. Ambos sabíamos que nunca lo había devuelto. Hasta que un día por azar de la voluntad Camilo extrañó su libro. “¿Roberto, ¿me quieres prestar mi libro?” Cómo negarme, en consecuencia, a prestar un libro a riesgo de perderlo para siempre, en lugar de perder un amigo.
Sucede con otros libros prestados que son útiles en tanto su valía es la de librar batallas prestadas. Una edicioncita de Ariel de una traducción de Liar’s Poker de Michael Lewis.
Mateo Sosa, el gerente de la mesa de forex de Banco Santander por allá en los años 1600, cuando el tirano mandó, lo dejó sobre mi porción de mesa sin habérselo pedido prestado, junto a uno sobre value at risk, al notar mi progresivo interés en el mercado de bonos. Lo leía, girando en mi silla, durante los tiempos muertos del mercado, principalmente en la tarde. Quienes se detenían en mi puesto de trabajo fijaban la mirada sobre mí sin atreverse siquiera a preguntar; pasaban de largo para detenerse luego en el puesto de alguno dispuesto a descontar minutos, con el culo sobre una mesa y los pies colgando. Mal haría en decir que el libro me absorbía pero me sentía obligado a leerlo, primero, porque me había sugerido su lectura a quien, de llevarle la contraria, nunca iba a igualar; y segundo, en estima de la gran similitud que detecté entre los curtidos brokers de Wall Street y los traders criollos.
Uno tras otro y tras otro uno se sucedieron tres días, hasta que la curiosidad venció a Felipe Salazar, un tipo con el que particularmente la simpatía no me era espontánea, pero con el que, dicha para el espíritu amargado, me permitía jugar a que sí. Respondía, no obstante, sin ganas a sus inquietudes sobre el libro, que qué con el rollo de los bonos hipotecarios, que qué de las tasas de descuento, que qué en cuanto a la duración comparada con el plazo de maduración, sin siquiera levantar la mirada. Maricadas.
Del libro la más precisa aproximación en resumen es la premisa de que si uno no ha identificado al tonto en un juego de poker, en efecto, el tonto es uno.
De antemano, sabiendo que era una tontería lo que haría, accedí a prestarle a Salazar un libro que no me pertenecía tan pronto cuando lo terminara. Y digo ‘accedí’ para retozar en la ilusión de que hubo alguna presión o insistencia de su parte, cuando bien sé que no pasó su lance de ordinaria insinuación.
Tanta tardanza en la devolución del libro incomodó a Mateo y, áspero como es, me desafió a terminar de leerlo para antes de ayer. Avergonzado, y tonto como soy, le narré la absurda circunstancia a la cual se debía la tardanza. ¿Absurda circunstancia? Ésta, la de mi ‘retardanza’. Avergonzado, y tonto como soy, traté de explicar cuanto no admitía explicación. Sin mediar palabra, alargó su brazo Mateo y arrebató el libro de value at risk de mis manos cuando apenas iba por la mitad.
Más tardó Mateo en cerrar tras de sí la puerta de su oficina que en arrollarme la amonestación de Salazar. “No se prestan libros prestados, viejo.”
¿Que no? ¿Qué destino entonces, por lo demás, en virtud de los protocolos regios de la tradición en que se enmarca la noble práctica de prestar con la condición de la oportuna devolución a cambio, le depara a un libro si no acumular polvo en un estante, cuando bien puede trascender exponencialmente su existencia al transubstanciar el conocimiento de unos ojos a otros, y de otros a aquellos?
   Mientras esperaba impacientemente a que Salazar me devolviera el libro me ocupaba en buscar uno de remplazo para congraciarme con Mateo. Y conmigo mismo: repudiaba casi tanto saberme un re-lender como habrá de sentirse ser un re-gifter. Menuda empresa. El volumen era prácticamente imposible de conseguir, a menos que se tratara de uno leído con el que me tropecé en la octava. De manera que mandé a pedir una edición de Penguin, que si bien no era lujosa, resultó más presentable que la del libro original. Bien peinada, vestida a la moda, corbata Hermès, reloj Omega y que tales.
Llegó, por fin, el libro que pedí envuelto en papel periódico templado, el mismo día en que Salazar dejó sobre mi puesto de trabajo el libro que pertenecía legítimamente a Mateo. Un libro que se convirtió en tres, así nomás. Por mi parte, conservé los dos libros sustitutos a manera de recordatorio de la vergüenza que pasé, y el sinsabor que por fortuna pasó.
Sin embargo, ¿qué de los libros prestados que son devueltos? ¿Mueren?
La vitalidad, el rejuvenecimiento, la vigencia de un libro, son proporcionales al deterioro de sus cuerpos: marcas de dedos sucios en los filos de las hojas y esquinas dobladas, la pasta de cartón quebrada. Tal y como luce uno que trata sobre la luz invisible a los ojos que habitan en la niebla: esquinas de las hojas dobladas, cubierta de cartón quebradiza, banderitas aferradas a hojas que habitan en la niebla, izadas ahí, quizás, después de iniciada e interrumpida su lectura, a manera de señal, por dos pares de manos sin ojos, indicando el momento en que se habrán de reencontrar.

jueves, 17 de septiembre de 2015

SOBRE LA RENDICIÓN Y LA TERQUEDAD - Por un periquito

Polly es un periquito inquieto aunque perezoso. Se gana la vida haciendo trucos: se sostiene en la vara de su jaula en una patita a la vez que hace maromas para vivirse, repite groserías que le enseñan aunque ignore qué signifiquen. A pesar de que a Polly no le gustan las galletas soda lleva siempre una porción de mantequilla (de esas que sirven con los desayunos continentales) bajo el ala para darles sabor.
Durante las mañanas lee desordenadamente, sin método ni juicio; entre los columnistas de opinión y los novelistas mainstream pierde a la vez el tiempo y la razón. Dándose mañas, luego de almorzar alpiste, sale de su jaula y teclea con dificultad en la máquina de escribir. Una I seguida de la H. Continúa con la J, la U, la E. Con cuidado de no meter la patita, camina de lado a lado sobre el teclado. La P la U la T y finaliza, agotado, con la A.
Encontrábase entonces Polly practicando malas palabras, recitando hijueputazos sin tregua, cuando le interrumpió una llamada telefónica de la lavandería. “¿Don Polly? Buenas tardes. ¿Es acaso usted el simpático además de guapo periquito que dejó ayer un morral para lavar, con el cual recomendó usted que se manipulara con excesivo cuidado, y además se requería suma urgencia en su entrega, pues su señora periquita lo necesitaba a más tardar para el jueves?” “Desde luego, gentil humano de la lavandería.” Respondió Polly. “Lamento informarle, señor Polly que, en vista de que la encargada está recién contratada y se encuentra en entrenamiento, cometió el imperdonable error de informarle mal sobre el asunto en cuestión.” Tomó aire y tragó saliva el humano de la lavandería al otro lado del teléfono. “Verá usted” prosiguió, “lamento que le hiciéramos perder el tiempo, pero el morral estaría listo no antes del sábado, pues, no obstante que el lavado no exige mayor dedicación de tiempo al empleado en una prenda común y silvestre, el secado sí tardaría. No es posible meterlo con las demás prendas en la máquina de secar. Haría falta que le hiciera compañía a la caldera durante un par de noches.” “Es una lástima, señor humano de la lavandería”, masculló Polly más defraudado que ofendido. “Le agradezco, sin embargo, la oportuna información, señor humano de la lavandería. En todo caso, no se preocupe, que más se perdió en la legendaria guerra de los pericos amaestrados anónimos contra los gatos sin gracia de Instagram”, le excusó Polly. “Eso sí, le recomiendo que a su nueva empleada en entrenamiento le condenen a alimentarse de galletitas soda y le sea suprimido el suministro de agua de por vida.” Añadió el perico antes de colgar el cuerno telefónico que sostuviera con una patita.
La tarde nublada y el tiempo en contra. Angustiado, Polly abandonó a su muerte las malas palabras que practicaba, extendió sus alas y se apresuró a ir en busca del morral para llevarlo a otra lavandería. Sobrevoló, esquivando palomas y el cableado energético, de tal manera, en toda su extensión planeada y ordenada territorialmente los vecindarios colindantes.
No recibió más que respuestas idénticas a la suministrada inicialmente por el señor humano de la lavandería. “De ganar mejor tosiendo vulgaridades le compraría un morral nuevo a periquita”, pensó.
Una amable señora, encargada de una de las lavandería que gozaban de más prestigio y tradición en el país de los humanos amaestradores de pericos, temiendo que la noticia le rompiera el corazón al bueno de Polly, se arriesgó a corroborar que el morral no sería posible tenerlo listo antes del lunes, en tanto que, en consideración de que estaba confeccionado con diferentes materiales, era menester lavarlo y secarlo por partes. Una lástima.
Sin victoria y sin guerra, sin ton ni ron, voló Polly de un vecindario a otro, y quien le ofreciera tenerlo listo antes de los plazos que los expertos alegaban le inspiraba desconfianza que se hacía manifiesta en lo que mejor sabe hacer: escupir improperios como si hablara solo. “Señor perico, me temo que voy a tener que pedirle que se retire”, le diría un dependiente ofendido mientras sus gatos fijaban su mirada sobre Polly.
De regreso, ofendido no sabía bien por qué, con el morral en la espalda, pasó de largo enfrente de la máquina de escribir. Cuando buscó debajo de su alita, descubrió que había extraviado la mantequilla.

jueves, 26 de febrero de 2015

HOGAR ES DONDE TE RECIBEN CON AGUADEPANELA CALIENTE CON LIMÓN Y JENGIBRE

No es fácil extrañar a alguien que de antemano se sabe que nunca regresará; pero es más angustioso extrañar a alguien que se sabe que está ahí.

Para evitarlo, de tal manera, se recomienda disponer los elementos necesarios de trabajo sobre el escritorio: una regla para rascarse la espalda, un cenicero lleno de caramelos, una jarra vacía, lápices y borrador (no sea que se quiera sobrescribir sobre lo borrado), Liquid Paper® con propósitos terroristas, pestañas abiertas en el Chrome de todos los periódicos y revistas de interés, una pestaña adicional de YouPorn, y una de YouTube, pestañina para evitar que se sequen y, en efecto, se cierren, un sombrero para protegerse de los rayos de sol que se filtran por los cristales de la oficina, un poncho que haga juego con el sombrero; bebidas frías a gusto, con el objeto de calmar el calor que cause el poncho en un día de sol; un naipe para fijar la mirada sobre él durante bochornosos minutos y preguntarse por qué nunca se aprendió a jugar bien al poker. Al poker o al tute. El libro de turno, no sea que el tedio le abra la imaginación, o la obstruya, y se le ocurra escribir burradas. Un rollo de papel sanitario.

Píntese la uña de un dedo meñique con el Liquid Paper®. Mírela fijamente. Huélala. Sienta asco por usted mismo y su flojera. Corte dos cuadritos de papel sanitario y límpiela. Marque con el Liquid Paper® una carta de la baraja. Revuelva el mazo. Hágase trampa. Repróchese no haber dejado secar el Liquid Paper® antes de barajar, ahora las cartas están pegadas, arruinadas. Arroje los naipes a la basura junto con los cuadritos de papel sanitario. Saboree un caramelo, cierre los ojos. Olvide la envoltura del caramelo, con seguridad, nadie más la recogerá por usted. Saque otro caramelo de la envoltura de celofán (arrójela, al azar, en un lugar diferente al que eligió para abandonar la del caramelo anterior), y envuélvalo en carne (con la lengua), acto (no sexual) seguido abra una lata de CocaCola, fría, beba un sorbo, mezcle los sabores dentro de su boca. Llévese un cigarrillo a la boca, antes de encenderlo recuerde que está dejando de fumar. Acomódese el sombrero con la regla. Escupa en la jarra.

Intente alternar los elementos de trabajo y sus aplicaciones, así pasará el tiempo más rápido, más rápido el paso será tiempo. Mezcle en su boca los sabores del caramelo y del Liquid Paper®, alivie la comezón de su espalda virtiendo CocaCola por su cuello, reparta las cartas sobre el sombrero, retírero de su cabeza, aplíquese Liquid Paper® sobre su rostro a manera de bloqueador solar, hágase trampa, y así...

Deje de extrañar, ya se acabó el día. Cierre las pestañas: la música y el porno siempre estarán ahí para recordarle dónde está usted. Escriba algo con el rímel. Cualquier cosa. La que le antoje primero. Estire el poncho sobre el suelo y disponga los elementos necesarios de trabajo sobre él. Átelo con un nudo a un palo de escoba y cárguelo hasta casa.