viernes, 15 de julio de 2016

MÁS FLOJO QUE UN PERRO DE TIERRA CALIENTE. MÁS TRISTE QUE UN ÑERO TIRANDO DE UN CAMIÓN DE JUGUETE CON UNA CABUYA

La terminal de transporte intermunicipal de Bogotá es similar a la de muchos pueblos y ciudades pequeñas en Colombia: una estructura levantada en ladrillo moreno, de una sola planta, en la que los muros de los pasillos están decorados con paquetes de achiras alargados que cuelgan como chorizos, dulces duros cual cera fría similares a un cirio, gaseosas de marcas locales que parecen haber estado exhibidas en los aparadores desde siempre, bloques de caramelo traslúcido. Las plataformas de abordaje, rodeadas por los pasillos comerciales, custodiadas por vigilantes privados que se dan aires de Policía y por policías resignados sin aspavientos.
Justo unos minutos después de abordar el conductor anunció la partida. El supervisor, en traje gris de paño pesado lo presentó.
El conductor que los llevará a su destino es Freddy Ramírez. Dijo, extendiendo su mano hacia el conductor que, en mangas de camisa y pantalón de lino negro, se hurgaba el trasero sin disimulo. Después de contar cabezas con su dedo índice hizo una pausa y prosiguió, volviéndose hacia Freddy. Hace falta la mitad para completar el cupo, Freddy. Sólo hay siete pasajeros.
El cupo, minutos después, lo completan una mujer joven de falda y aretes que cuelgan de los lóbulos de sus orejas como estalactitas, y de dudosa reputación; un hombre negro que examina cada tanto su iPhone blanco, con las piernas estiradas sobre los cojines en imitación de terciopelo (de esa tela que se torna más oscura o clara según la dirección en que se le acaricie); y dos franceses guiados por una viejita local, sexy pero no bonita.
Sobre las cabezas de los pasajeros en una pantalla se proyectan vídeos de música popular colombiana, y un río negro serpentea sin reflejar en su superficie una hoguera encendida al margen. El sol cansado de la tarde se filtra sobre el filo de las montañas.
La viejita que sirve de guía a los franceses les explica que la música que se reproduce en la pantalla de la van (¿por qué le llaman aerovan?) es de despecho, muy a propósito para beber, y como no encuentra una palabra en francés o inglés para hacerle entender el significado de despecho, uno de sus acompañantes concluye que despecho es depresión. Ella lo contradice sin palabras con qué corregirlo. No conozco la palabra en inglés que se refiera exactamente a la tusa, pero sé que la que identifica a un entusado es brokenhearted, y a pesar de que quise meter la cucharada temí que me saliera lo comido por lo servido.
A través de la ventana de la van (aerovan) distingo unas nubes bajas que bordean la cima de una montaña aislada, como una aureola. En la pendiente de esa montaña tupida como el vello de un pubis tierno, un rectángulo perfecto de tierra arado, y un campesino de sombrero admirándolo desde un costado.
Por un tramo las ondulaciones en la carretera, una tras otra, dan la misma sensación de vacío que una montaña rusa. En una parada viejitas diminutas, que bien podrían ser niñas, venden pasabocas que cargan en canastas de mimbre.

Un pasajero (sentado en el pasillo) de contrabando que, o no pagó el pasaje o tan sólo una tarifa inferior convenida con el ayudante. Quizá por eso las llaman aerovan: sobrevenden los viajes al igual que las aerolíneas.

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