La terminal de transporte intermunicipal de Bogotá es
similar a la de muchos pueblos y ciudades pequeñas en Colombia: una estructura
levantada en ladrillo moreno, de una sola planta, en la que los muros de los
pasillos están decorados con paquetes de achiras alargados que cuelgan como chorizos,
dulces duros cual cera fría similares a un cirio, gaseosas de marcas locales
que parecen haber estado exhibidas en los aparadores desde siempre, bloques de
caramelo traslúcido. Las plataformas de abordaje, rodeadas por los pasillos
comerciales, custodiadas por vigilantes privados que se dan aires de Policía y
por policías resignados sin aspavientos.
Justo unos minutos después de abordar el conductor anunció
la partida. El supervisor, en traje gris de paño pesado lo presentó.
—El
conductor que los llevará a su destino es Freddy Ramírez. —Dijo, extendiendo su mano hacia el
conductor que, en mangas de camisa y pantalón de lino negro, se hurgaba el
trasero sin disimulo. Después de contar cabezas con su dedo índice hizo
una pausa y prosiguió, volviéndose hacia Freddy. —Hace falta la mitad para completar el cupo, Freddy. Sólo
hay siete pasajeros.
El cupo, minutos después, lo completan una mujer joven de
falda y aretes que cuelgan de los lóbulos de sus orejas como estalactitas, y de
dudosa reputación; un hombre negro que examina cada tanto su iPhone blanco, con
las piernas estiradas sobre los cojines en imitación de terciopelo (de esa tela
que se torna más oscura o clara según la dirección en que se le acaricie); y
dos franceses guiados por una viejita local, sexy pero no bonita.
Sobre las cabezas de los pasajeros en una pantalla se
proyectan vídeos de música popular colombiana, y un río negro serpentea sin
reflejar en su superficie una hoguera encendida al margen. El sol cansado de la
tarde se filtra sobre el filo de las montañas.
La viejita que sirve de guía a los franceses les explica que
la música que se reproduce en la pantalla de la van (¿por qué le llaman aerovan?)
es de despecho, muy a propósito para beber, y como no encuentra una palabra en
francés o inglés para hacerle entender el significado de despecho, uno de sus
acompañantes concluye que despecho es depresión. Ella lo contradice sin
palabras con qué corregirlo. No conozco la palabra en inglés que se refiera
exactamente a la tusa, pero sé que la que identifica a un entusado es brokenhearted, y a pesar de que quise
meter la cucharada temí que me saliera lo comido por lo servido.
A través de la ventana de la van (aerovan) distingo unas
nubes bajas que bordean la cima de una montaña aislada, como una aureola. En la
pendiente de esa montaña tupida como el vello de un pubis tierno, un rectángulo
perfecto de tierra arado, y un campesino de sombrero admirándolo desde un
costado.
Por un tramo las ondulaciones en la carretera, una tras
otra, dan la misma sensación de vacío que una montaña rusa. En una parada
viejitas diminutas, que bien podrían ser niñas, venden pasabocas que cargan en
canastas de mimbre.
Un pasajero (sentado en el pasillo) de contrabando que, o no
pagó el pasaje o tan sólo una tarifa inferior convenida con el ayudante. Quizá
por eso las llaman aerovan: sobrevenden los viajes al igual que las aerolíneas.
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