sábado, 3 de octubre de 2015

LO QUE SE PRESTA NO SE PIDE

No me preste, vengo a robar dos minutos de su valioso tiempo. Dos minutos que nadie le retornará jamás. Rásquese los bolsillos.
En lugar de prestar atención, preste libros. Las atenciones le serán devueltas; con el libro, como sucede con el dinero, se corre el riesgo de que elija permanecer con el recipiente de su generosidad. Nunca, nadie, se ha rehusado a pagar dinero o devolver un libro prestados. Son en cambio, el dinero y los libros, los que por voluntad, sin coacción de índole conocida ni amenaza de por medio, deciden cambiar de propietario.
No me pongo de acuerdo con si el error está en prestar libros o devolverlos. De los libros que reposan en los estantes son pocos de los que me precio de que me fueran prestados. Aún así, a quien cometiera la ingenua torpeza de prestarme un libro el cual no hubiese sido objeto de devolución todavía, no le pido que me disculpe, pero le garantizo que lo leí con juicio y agrado, y de no haber sido así le ruego que se haga a la idea de que no encontraría su libro mejor depositario que mi persona. A diferencia de otros, no acostumbro a destinar un estante para libros prestados, prefiero mezclarlos, de manera que se confunden los propios con los ajenos, y, como evolución de la idea que se tiene de la propiedad, en cierto modo, se puede decir de ésta que es compartida: por quien es su legítimo dueño y a quien se le encarga su posesión. Algo así como la custodia compartida por el padre y la madre. Y si bien es cierto que no son bastantes los libros que extraño, los cuales he entregado con el temor a no verlos jamás, cual si se tratara de mi virginidad, existe una situación en particular que no admite discusión: prestar libros es la razón de ser de una biblioteca.
De buenas intenciones y de libros prestados está hecho el camino al infierno, y de los infiernos que tiene a su bien caminar cada cual están hechos los libros. Que de buenas intenciones se alimenten nuestras condenas: estamos condenados a perder libros que confiamos a manos amigas, y a perder amigos por cuenta de libros prestados. Los hay, los libros, que deliberadamente no serán devueltos, bien sea a causa de un afecto inexplicable que se les tomó por cuenta de su calidad literaria o en auténtico aprecio de la edición del volumen, por olvido consciente, o simplemente porque su utilidad es más estimada en nuestras manos que en las del propietario.
Ahora bien, sobre lo que no sabremos nunca es si el cambio de propietario y residencia le pueda causar trastornos a un libro. Cambios en la personalidad, depresión, deterioro físico manifestado en arrugas prematuras en las hojas y la cubierta, dolor de lomo; circunstancias que explicarían el porqué el mismo libro no es leído por dos personas; es decir, el libro se adapta al lector, le muestra lo que únicamente es visible al lector de turno.
Recuerdo bien un bellísimo volumen de pasta negra y dura, como la del Tino, con ilustraciones a página entera. Una biografía sobre Kurt Cobain. Después de leerlo le tomé gran aprecio y me resistía a separarme de él. Podría decirse de él que estaba olvidado bajo una columna de libros, oculto a la vista de su legítimo propietario, de sucederse el infortunio de recibir una visita inesperada de su parte. Sin embargo, yo sabía de la existencia del libro, ahí, sepultado en vida, y él conocía de mi amor por él, de mis cuidados al retirarle el polvo, de la especial atención que le prestaba a que ninguna de sus hojas sufriera de pliegues. Ambos, el propietario del libro y yo, recordábamos que el libro me había sido prestado. Ambos sabíamos que nunca lo había devuelto. Hasta que un día por azar de la voluntad Camilo extrañó su libro. “¿Roberto, ¿me quieres prestar mi libro?” Cómo negarme, en consecuencia, a prestar un libro a riesgo de perderlo para siempre, en lugar de perder un amigo.
Sucede con otros libros prestados que son útiles en tanto su valía es la de librar batallas prestadas. Una edicioncita de Ariel de una traducción de Liar’s Poker de Michael Lewis.
Mateo Sosa, el gerente de la mesa de forex de Banco Santander por allá en los años 1600, cuando el tirano mandó, lo dejó sobre mi porción de mesa sin habérselo pedido prestado, junto a uno sobre value at risk, al notar mi progresivo interés en el mercado de bonos. Lo leía, girando en mi silla, durante los tiempos muertos del mercado, principalmente en la tarde. Quienes se detenían en mi puesto de trabajo fijaban la mirada sobre mí sin atreverse siquiera a preguntar; pasaban de largo para detenerse luego en el puesto de alguno dispuesto a descontar minutos, con el culo sobre una mesa y los pies colgando. Mal haría en decir que el libro me absorbía pero me sentía obligado a leerlo, primero, porque me había sugerido su lectura a quien, de llevarle la contraria, nunca iba a igualar; y segundo, en estima de la gran similitud que detecté entre los curtidos brokers de Wall Street y los traders criollos.
Uno tras otro y tras otro uno se sucedieron tres días, hasta que la curiosidad venció a Felipe Salazar, un tipo con el que particularmente la simpatía no me era espontánea, pero con el que, dicha para el espíritu amargado, me permitía jugar a que sí. Respondía, no obstante, sin ganas a sus inquietudes sobre el libro, que qué con el rollo de los bonos hipotecarios, que qué de las tasas de descuento, que qué en cuanto a la duración comparada con el plazo de maduración, sin siquiera levantar la mirada. Maricadas.
Del libro la más precisa aproximación en resumen es la premisa de que si uno no ha identificado al tonto en un juego de poker, en efecto, el tonto es uno.
De antemano, sabiendo que era una tontería lo que haría, accedí a prestarle a Salazar un libro que no me pertenecía tan pronto cuando lo terminara. Y digo ‘accedí’ para retozar en la ilusión de que hubo alguna presión o insistencia de su parte, cuando bien sé que no pasó su lance de ordinaria insinuación.
Tanta tardanza en la devolución del libro incomodó a Mateo y, áspero como es, me desafió a terminar de leerlo para antes de ayer. Avergonzado, y tonto como soy, le narré la absurda circunstancia a la cual se debía la tardanza. ¿Absurda circunstancia? Ésta, la de mi ‘retardanza’. Avergonzado, y tonto como soy, traté de explicar cuanto no admitía explicación. Sin mediar palabra, alargó su brazo Mateo y arrebató el libro de value at risk de mis manos cuando apenas iba por la mitad.
Más tardó Mateo en cerrar tras de sí la puerta de su oficina que en arrollarme la amonestación de Salazar. “No se prestan libros prestados, viejo.”
¿Que no? ¿Qué destino entonces, por lo demás, en virtud de los protocolos regios de la tradición en que se enmarca la noble práctica de prestar con la condición de la oportuna devolución a cambio, le depara a un libro si no acumular polvo en un estante, cuando bien puede trascender exponencialmente su existencia al transubstanciar el conocimiento de unos ojos a otros, y de otros a aquellos?
   Mientras esperaba impacientemente a que Salazar me devolviera el libro me ocupaba en buscar uno de remplazo para congraciarme con Mateo. Y conmigo mismo: repudiaba casi tanto saberme un re-lender como habrá de sentirse ser un re-gifter. Menuda empresa. El volumen era prácticamente imposible de conseguir, a menos que se tratara de uno leído con el que me tropecé en la octava. De manera que mandé a pedir una edición de Penguin, que si bien no era lujosa, resultó más presentable que la del libro original. Bien peinada, vestida a la moda, corbata Hermès, reloj Omega y que tales.
Llegó, por fin, el libro que pedí envuelto en papel periódico templado, el mismo día en que Salazar dejó sobre mi puesto de trabajo el libro que pertenecía legítimamente a Mateo. Un libro que se convirtió en tres, así nomás. Por mi parte, conservé los dos libros sustitutos a manera de recordatorio de la vergüenza que pasé, y el sinsabor que por fortuna pasó.
Sin embargo, ¿qué de los libros prestados que son devueltos? ¿Mueren?
La vitalidad, el rejuvenecimiento, la vigencia de un libro, son proporcionales al deterioro de sus cuerpos: marcas de dedos sucios en los filos de las hojas y esquinas dobladas, la pasta de cartón quebrada. Tal y como luce uno que trata sobre la luz invisible a los ojos que habitan en la niebla: esquinas de las hojas dobladas, cubierta de cartón quebradiza, banderitas aferradas a hojas que habitan en la niebla, izadas ahí, quizás, después de iniciada e interrumpida su lectura, a manera de señal, por dos pares de manos sin ojos, indicando el momento en que se habrán de reencontrar.

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