Diez minutos antes
de que iniciara la clase llegué. Fumé con prisa un cigarro a la mitad y arrojé
la colilla con desdén. Con paso ligero me deslicé por los pasillos, saludando de
afán a los vigilantes, sin siquiera mirarlos, contrario a mi costumbre. Detrás
de las paredes asomaba la cabeza, cerciorándome de que podría enfilar hacia el
salón sin riesgo de propiciar un encuentro, y la volvía a ocultar. Me sentí en
una variación del juego del escondite en la que el premio al ganador era no
encontrar al que se ocultaba.
Hace cuatro semanas
en ese mismo lugar tuvo ocasión la última vez que la vi. La luz de un sol tibio
se filtraba perezosamente por entre las ramas de los árboles del patio en que
estaban, perpendicular el mío al de ella, nuestros salones de clase. De un vaso
de icopor apuraba sorbos al café cuando una compañera de clase, de la cual
ignoro siquiera su nombre aunque reconocería sus piercings y tatuajes en cualquier otro lugar, se acercó.
—Ve, ¿dónde venden café?
Señalé hacia la cocina que estaba en un costado
del patio. —Ahí hay una greca. Te puedes servir a gusto.
—Ve, ¿y cómo vas con tu escrito? Yo quiero
escribir sobre una persona a la que se le hubiese practicado un exorcismo.
—Regresó de la cocina la compañera tatuada, con un vaso de icopor idéntico al
que sostuviera yo, pero lleno hasta el aro.
—No me he decidido aún. He iniciado un par de
borradores que aún no logran convencerme lo suficiente como para terminarlos. —Respondí
desanimado, con la mirada clavada en el salón en el que Edith se veía divertida
recibiendo clase. —Uh. Un tema complicado aunque interesante. Podrías acercarte
a la Catedral Primada a solicitar información relevante. ¿Conoces acaso a
alguien que…? —Añadí.
—Sí. Yo. A los catorce años me exorcizaron.
La clase de Edith terminó y todos los
asistentes se dispersaron presurosos. Me disculpé con mi compañera de clase y
la abordé. Le besé en sus labios generosos.
—¿En qué quedamos entonces?
—Voy a casa de Ángela. Ya hablé con ella. De
allá salimos para almorzar con Claudia. En la noche celebraremos su cumpleaños,
aunque no sé todavía a dónde iremos. Hablamos en el curso de la tarde a ver
qué, ¿no?
—Sin duda. Te amo. —Sonreí francamente y la
besé de nuevo.
*
*
*
Cosas hijueputas y la tusa. A mí, ni a ningún
otro, creo, le prepararon en la universidad para enfrentarla con valentía
elocuente y dignidad sosegada, aunque tenga experiencia certificada suficiente
para incluir un grado de maestría en la hoja de vida. O al menos un diplomado
con equivalencia de doctorado, en el peor de los casos.
Sobre la ruptura se puede afirmar, con el menosprecio
de quien estima el dolor ajeno inferior al propio, que del mismo modo en que se
hace una costumbre de la presencia de alguien se puede olvidar. Que el tiempo
todo lo cura. Que el consuelo vendrá con el tiempo, como si se tratara de una
materia susceptible de manipular caprichosamente. Porque el tiempo presente
está hecho del pasado, y el futuro de aquél. De manera que la amargura vigente
en el tiempo presente está hecha de la dicha disfrutada en el tiempo pasado, y
el consuelo que se sospecha vendrá con el futuro, del estoicismo con que se confiesan
los porqués como absolutos irrefutables.
* * *
Media hora después de que terminara la clase de
Edith abandoné, satisfecho, la mía. Caminé por la Candelaria temeroso, a pesar
de contar con tiempo suficiente para evitarla, de toparme con la coincidencia
de verla en algún establecimiento que se cruzara por mi camino compartiendo un
café o el almuerzo con alguien más.
Sus zapatos de charol ya habrían andado las
calles adoquinadas que juntos recorrimos de camino a su oficina en las mañanas,
extenuados, de su oficina a casa en las noches, pero ahora ignorantes de lo que
es transitar por cuenta propia.
A medida que avanzaba los balcones verdes que
me observaban encaramados en las fachadas blancas quedaban atrás y se
transformaron en una calle amplia de adoquines desencajados por la que circulan
los buses rojos en ambos sentidos y fluye sin aliento un canal de agua. En
vista de que no tenía a dónde ir me detuve a sondear las novedades exhibidas en
la vitrina de la Librería Lerner sobre la Avenida Jiménez —en la que no me
cuesta recordar a Edith, como hipocondríaco en botica, saltando de un anaquel a
otro, deteniéndose a examinar, seleccionando libros y acomodándolos en su
brazo, con la destreza de un mesero curtido en servir a varias mesas a la vez,
y luego valorándolos con Goodreads para proceder a desechar los menos
atractivos— cuando, de repente, una mujer con un niño en brazos, hablándole a
mi nuca, me pidió dinero para comprar una bolsa de leche. No sé qué me
conmovió, si la situación de la mujer, la cual no quise juzgar, o que Edith no
habría dudado en darle la ayuda que solicitaba. Revolví el contenido de mi
bolsillo y le entregué, con recibo incluido, el cambio que me sobró después de
comprar un paquete de cigarros.
Visiblemente abrumado atravesé el Parque de los
Periodistas, y esquivé transeúntes en el túnel de Transmilenio enterrado bajo
la Carrera Tercera y tomé hacia mi casa la ruta de bus que, en otros días, me
llevara también a casa de Edith.
* * *
De la ruptura no se sufre únicamente a causa de
la ausencia del otro, sino, además, en el caso de haberse establecido exitosamente
una relación en que se compartiera el compromiso de mantener a flote el orden
de un hogar, el desprendimiento de las actividades, espacios y objetos en los
que tenía lugar el oficio conyugal. Por más rutinaria que sea la vida de pareja
nunca es monótona.
La rutina está compuesta por actividades y
rituales que van desde la responsabilidad hasta el placer. Hacer mercado,
esperar al técnico que va a reparar la secadora, perseguir por el vecindario la
ruta del colegio cuando no le viene en gana esperar dos minutos al niño,
levantarse a las 5 de la mañana a preparar desayunos y tender camas, despertar
con un beso al otro, ir al cine, al teatro, visitar las librerías,
reconciliarse luego de una discusión, comer helado tendidos en la cama una
tarde de domingo viendo y comentando series de tele, disponer los preparativos
de un viaje de trabajo, planear las vacaciones familiares, como un perrito pegarle
la respiración agitada al otro en el cuello, citas médicas, exámenes de admisión
a universidades, libros… entre muchas otras más, sin contar, en dado caso, a
las amistades que se tengan en común.
En síntesis, la tusa tardará en mermar cuanto
le tome a los involucrados en la ruptura armarse del valor necesario para
desprenderse de los detalles de que se compone la rutina. Es menester, en consecuencia, hacerlo paso a paso, de
ser posible, olvidar una cosa a la vez. Para empezar, justo después de la
separación, lo primero que se olvida es la cama que se compartió.
Es común, por tanto, sentir la presencia de la
persona ausente en los lugares y situaciones más insólitos, lo mismo en la
envoltura de una paleta Polet o en la tapa de un libro que en el cascabel que
cuelga del cuello de un gato.
En todas partes habita. Eso ni Dios.
* * *
“Letting
people believe the bad times were over,
waiting for
them to relax and forget there hade ver been
bad times
at all.”
Durante las primeras dos semanas que siguieron
a la ruptura, a pesar de que nos eliminamos mutuamente en redes, la espiaba en
internet sin tregua con la ingenua esperanza de encontrarme con un mensaje
cifrado, una pista, o al menos, alguna alusión referente a que seguíamos unidos
por el recíproco dolor. Encontré, en cambio, que en apariencia tiene una nueva
ilusión. Enhorabuena. Y claro, me dolió —aún— como un putas pero, al fin y al
cabo, uno de los porqués para terminar fue darle la oportunidad de hallar a
alguien que pudiera hacerla feliz. De tal magnitud es mi inseguridad.
No tuve opción distinta que detener el ‘estalqueo’,
no sin antes, por supuesto, recaer, y leer una entrada que hizo Edith sobre el
tiempo, el amor y las ausencias. Me ganó el llanto.
Por un momento, el
dolor que me abatía le abrió espacio al de Edith. Darme cuenta de que, de
alguna y de todas formas, yo estaba todavía presente en su casa como esos
fantasmas que abren puertas o apagan las luces —que cuando están no saben hacerse sentir, y
en su ausencia no pueden callar— bien haciendo bulla en la cocina con las
ollas o murmurando en las escaleras cual viejo rencoroso.
—Voy a la cocina por un vaso de agua, ¿quieres
que te suba algo?
—Vale, monín. Me antoja un té de esos que son
para… ellas, en esos… días. —Reía. Para saber, y cuánto lo detestaba, que dejaría
enfriar el té sin probar en el pocillo. Quizás el amor se compone tanto del aprovechamiento
del gusto como de restarle importancia al disgusto.
De tener que ir a
recoger las pocas cosas que había dejado en su casa, lo que menos me inquietaba
era la vergüenza que pasaría con los vigilantes, quienes sin duda harían bromas
entre ellos, especulando sobre los motivos de nuestra separación. Imaginaba a
Edith empacando mis cosas en la bolsa de cambrel que me entregaron en la
portería: unos jeans, una camiseta con tiburones plateados estampados sobre un
fondo azul océano que ella me regaló, una camiseta tipo polo verde, medias,
boxers, ni siquiera olvidó el cepillo de dientes. De ñapa, en el paquete había
un libro que le persuadí a comprar y que hasta ese día descansara en la repisa
destinada a los libros en lista de espera, con una dedicatoria.
“Este libro es para
ti. Gracias por todo tu amor y por haber cambiado mi vida.”
Supongo que en el
proceso no había manera de consolarla. Eso sí que me inquietó. La parte fácil
me quedó a mí. A ella, no siendo bastante con haber tenido que lidiar con mis
mañas mientras estuve a su lado, ahora tendría que hacerse a la idea de que los
espacios que antes ocupara ahora permanecerían vacíos.
Para ponerle punto
final al tema, sin titubear, Edith sacudió los cabellos que quedaron en la
almohada que yo usaba.
* * *
“I know starting over it’s not what life’s about
But my thoughts were so loud I could’n hear my mouth”
En la tarde del día en
que fue el cumpleaños de Claudia me entretuve adelantando lecturas y tarea para
la próxima clase. No fue sino hasta las nueve pasadas que recibí una llamada de
Edith en que me informara sobre el lugar en que celebrarían.
—Disfruta, mamá. —Le deseé suerte.
—Gracias, monito. Te amo.
—Yo a ti.
Habitualmente, en la eventualidad de sus
reuniones con amigas, ella solía enviar uno que otro mensaje por WhatsApp, y
siempre me hacía saber cuándo estaba a salvo en casa fuera la hora que fuera. Esa
noche no hubo mensajes ni llamada. Dormí como me las arreglé, sudando a
cántaros, con la cama desordenada, la sábana a los pies. Antes ella me había
advertido que cuando se le acababa el amor se le acababa, y esas iniciativas,
producto de la consideración que uno tiene hacia quien ama, a las que me tenía
acostumbrado, llegarían a su final.
A la mañana
siguiente, a las 8 de la mañana sonó el teléfono. En la pantalla del celular se
leía EDITH. ¿Quién más podría ser?
Deslicé el dedo sobre la pantalla aceptando la
llamada. —Hola.
—Hola, pollito.
—¿Cómo te acabó de ir? —Le interrogué con todo
desafiante.
—Bien, amor. No sabes. Claudia tuvo que
acompañarme hasta acá.
—Tú nunca habías hecho esto. —Con tono de
derrota le reclamé.
—Amor, perdóname. Estaba muy prendida. Claudia
me acompañó hasta acá. —Explicó arrastrando la voz.
—No te creo ni mierda. Tú acabas de llegar a tu
casa. Quién cacho sabe dónde pasaste la noche y con quién.
—Amor…
—No quiero hablar contigo. —Di fin a la
llamada.
Sonó y vibró el teléfono de nuevo.
—¿Qué quieres?
—Amor, Claudia tuvo que ayudarme a subir hasta
la habitación, no podía sostenerme por mí misma. Me puso la pijama. No supe
sino hasta que te llamé dónde había dejado la ropa que usé anoche y el celular.
—Ni siquiera sabes dónde dejaste la ropa. Qué
belleza. Fijo donde pasaste la noche.
—Amor…
—No quiero hablar contigo. —Le interrumpí.
Esta vez ella dio por terminada la
conversación.
Diez minutos después, como un cucarrón, vibró
de nuevo el teléfono.
—Dime.
—Amor… por favor perdóname por no llamarte.
—No sé qué pensar. Se me metió en la cabeza que
nada de lo que me dices es verdad. ¿Ya se te acabó el amor?
—¿De qué hablas? Amor, deja ese mal genio. No
seas viejito gruñón. —Dijo con ternura conmovedora.
—Quiero terminar.
—¿Ah?
—Eso. Que quiero terminar.
—De acuerdo. Como quieras. Pero por lo menos
deberíamos vernos y hablar, ¿no crees que es lo correcto?
Sabía que vernos implicaba no poder resistirme
a su vocecita, a sus arrumacos, a su amor. Lo sucedido era, por sí misma, una
situación que no podía dejar pasar como un malentendido más. —Lo correcto es
que no quiera verte.
—Amor…
—Amor nada.
—¿Sabes? Yo también necesito mi espacio. Quiero
divertirme también. Y contigo no puedo disfrutar de esos momentos. ¿Qué más
quisiera, ah? Tú te niegas a salir con mis amigas por lo que ya sabemos, aunque
refutes de entrada la posibilidad alegando que no tienes plata. ¿Sabes? Anoche,
sentados en torno a la mesa del bar, lloraba amargamente porque, mono, me
siento muerta, contigo no hay lugar a este tipo de entretenimiento. Claro, por
lo que ya sabemos y por tus problemas con el alcohol. Mono, ¡es que yo tengo 33
años! Quiero vivir. No puedo ser sólo una mamá.
—¿Te hace sentir acaso muerta que yo viva por
ti, que te ame de esta manera irresponsable?
—Tú sabes que no es eso a lo que me refiero…
—Mamá, fue suficiente.
Sonó un bip. —No te voy a rogar más.
—Nadie te pide que me ruegues. —Le dije, con
ironía y arrogancia, al teléfono sordo.
* * *
Ahora miro fijamente el cursor parpadear. Con
el índice de la mano derecha hago girar la ruedita del mouse de arriba abajo y
de abajo a arriba, y nada. Nada más hay en mi cabeza.
La noche de ese mismo día la llamé. Hablamos
tranquilos. Hablamos como dos personas que se aman aunque sepan que, a causa
del desgaste, no pueden permanecer juntas sin hacerse más daño.
* * *
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