Polly es
un periquito inquieto aunque perezoso. Se gana la vida haciendo trucos: se sostiene
en la vara de su jaula en una patita a la vez que hace maromas para vivirse,
repite groserías que le enseñan aunque ignore qué signifiquen. A pesar de que a
Polly no le gustan las galletas soda lleva siempre una porción de mantequilla
(de esas que sirven con los desayunos continentales) bajo el ala para
darles sabor.
Durante
las mañanas lee desordenadamente, sin método ni juicio; entre los columnistas
de opinión y los novelistas mainstream
pierde a la vez el tiempo y la razón. Dándose mañas, luego de almorzar alpiste,
sale de su jaula y teclea con dificultad en la máquina de escribir. Una I
seguida de la H. Continúa con la J, la U, la E. Con cuidado de no meter la
patita, camina de lado a lado sobre el teclado. La P la U la T y finaliza,
agotado, con la A.
Encontrábase
entonces Polly practicando malas palabras, recitando hijueputazos sin tregua,
cuando le interrumpió una llamada telefónica de la lavandería. “¿Don Polly? Buenas
tardes. ¿Es acaso usted el simpático además de guapo periquito que dejó ayer un
morral para lavar, con el cual recomendó usted que se manipulara con excesivo
cuidado, y además se requería suma urgencia en su entrega, pues su señora
periquita lo necesitaba a más tardar para el jueves?” “Desde luego, gentil
humano de la lavandería.” Respondió Polly. “Lamento informarle, señor Polly que,
en vista de que la encargada está recién contratada y se encuentra en
entrenamiento, cometió el imperdonable error de informarle mal sobre el asunto
en cuestión.” Tomó aire y tragó saliva el humano de la lavandería al otro lado
del teléfono. “Verá usted” prosiguió, “lamento que le hiciéramos perder el
tiempo, pero el morral estaría listo no antes del sábado, pues, no obstante que
el lavado no exige mayor dedicación de tiempo al empleado en una prenda común y
silvestre, el secado sí tardaría. No es posible meterlo con las demás prendas
en la máquina de secar. Haría falta que le hiciera compañía a la caldera
durante un par de noches.” “Es una lástima, señor humano de la lavandería”, masculló
Polly más defraudado que ofendido. “Le agradezco, sin embargo, la oportuna
información, señor humano de la lavandería. En todo caso, no se preocupe, que
más se perdió en la legendaria guerra de los pericos amaestrados anónimos
contra los gatos sin gracia de Instagram”, le excusó Polly. “Eso sí, le
recomiendo que a su nueva empleada en entrenamiento le condenen a alimentarse
de galletitas soda y le sea suprimido el suministro de agua de por vida.”
Añadió el perico antes de colgar el cuerno telefónico que sostuviera con una
patita.
La
tarde nublada y el tiempo en contra. Angustiado, Polly abandonó a su muerte las
malas palabras que practicaba, extendió sus alas y se apresuró a ir en busca
del morral para llevarlo a otra lavandería. Sobrevoló, esquivando palomas y el
cableado energético, de tal manera, en toda su extensión planeada y ordenada
territorialmente los vecindarios colindantes.
No
recibió más que respuestas idénticas a la suministrada inicialmente por el
señor humano de la lavandería. “De ganar mejor tosiendo vulgaridades le compraría
un morral nuevo a periquita”, pensó.
Una
amable señora, encargada de una de las lavandería que gozaban de más prestigio
y tradición en el país de los humanos amaestradores de pericos, temiendo que la
noticia le rompiera el corazón al bueno de Polly, se arriesgó a corroborar que
el morral no sería posible tenerlo listo antes del lunes, en tanto que, en
consideración de que estaba confeccionado con diferentes materiales, era menester
lavarlo y secarlo por partes. Una lástima.
Sin
victoria y sin guerra, sin ton ni ron, voló Polly de un vecindario a otro, y
quien le ofreciera tenerlo listo antes de los plazos que los expertos alegaban
le inspiraba desconfianza que se hacía manifiesta en lo que mejor sabe hacer: escupir
improperios como si hablara solo. “Señor perico, me temo que voy a tener que
pedirle que se retire”, le diría un dependiente ofendido mientras sus gatos
fijaban su mirada sobre Polly.
De
regreso, ofendido no sabía bien por qué, con el morral en la espalda, pasó de
largo enfrente de la máquina de escribir. Cuando buscó debajo de su alita,
descubrió que había extraviado la mantequilla.
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