jueves, 17 de septiembre de 2015

SOBRE LA RENDICIÓN Y LA TERQUEDAD - Por un periquito

Polly es un periquito inquieto aunque perezoso. Se gana la vida haciendo trucos: se sostiene en la vara de su jaula en una patita a la vez que hace maromas para vivirse, repite groserías que le enseñan aunque ignore qué signifiquen. A pesar de que a Polly no le gustan las galletas soda lleva siempre una porción de mantequilla (de esas que sirven con los desayunos continentales) bajo el ala para darles sabor.
Durante las mañanas lee desordenadamente, sin método ni juicio; entre los columnistas de opinión y los novelistas mainstream pierde a la vez el tiempo y la razón. Dándose mañas, luego de almorzar alpiste, sale de su jaula y teclea con dificultad en la máquina de escribir. Una I seguida de la H. Continúa con la J, la U, la E. Con cuidado de no meter la patita, camina de lado a lado sobre el teclado. La P la U la T y finaliza, agotado, con la A.
Encontrábase entonces Polly practicando malas palabras, recitando hijueputazos sin tregua, cuando le interrumpió una llamada telefónica de la lavandería. “¿Don Polly? Buenas tardes. ¿Es acaso usted el simpático además de guapo periquito que dejó ayer un morral para lavar, con el cual recomendó usted que se manipulara con excesivo cuidado, y además se requería suma urgencia en su entrega, pues su señora periquita lo necesitaba a más tardar para el jueves?” “Desde luego, gentil humano de la lavandería.” Respondió Polly. “Lamento informarle, señor Polly que, en vista de que la encargada está recién contratada y se encuentra en entrenamiento, cometió el imperdonable error de informarle mal sobre el asunto en cuestión.” Tomó aire y tragó saliva el humano de la lavandería al otro lado del teléfono. “Verá usted” prosiguió, “lamento que le hiciéramos perder el tiempo, pero el morral estaría listo no antes del sábado, pues, no obstante que el lavado no exige mayor dedicación de tiempo al empleado en una prenda común y silvestre, el secado sí tardaría. No es posible meterlo con las demás prendas en la máquina de secar. Haría falta que le hiciera compañía a la caldera durante un par de noches.” “Es una lástima, señor humano de la lavandería”, masculló Polly más defraudado que ofendido. “Le agradezco, sin embargo, la oportuna información, señor humano de la lavandería. En todo caso, no se preocupe, que más se perdió en la legendaria guerra de los pericos amaestrados anónimos contra los gatos sin gracia de Instagram”, le excusó Polly. “Eso sí, le recomiendo que a su nueva empleada en entrenamiento le condenen a alimentarse de galletitas soda y le sea suprimido el suministro de agua de por vida.” Añadió el perico antes de colgar el cuerno telefónico que sostuviera con una patita.
La tarde nublada y el tiempo en contra. Angustiado, Polly abandonó a su muerte las malas palabras que practicaba, extendió sus alas y se apresuró a ir en busca del morral para llevarlo a otra lavandería. Sobrevoló, esquivando palomas y el cableado energético, de tal manera, en toda su extensión planeada y ordenada territorialmente los vecindarios colindantes.
No recibió más que respuestas idénticas a la suministrada inicialmente por el señor humano de la lavandería. “De ganar mejor tosiendo vulgaridades le compraría un morral nuevo a periquita”, pensó.
Una amable señora, encargada de una de las lavandería que gozaban de más prestigio y tradición en el país de los humanos amaestradores de pericos, temiendo que la noticia le rompiera el corazón al bueno de Polly, se arriesgó a corroborar que el morral no sería posible tenerlo listo antes del lunes, en tanto que, en consideración de que estaba confeccionado con diferentes materiales, era menester lavarlo y secarlo por partes. Una lástima.
Sin victoria y sin guerra, sin ton ni ron, voló Polly de un vecindario a otro, y quien le ofreciera tenerlo listo antes de los plazos que los expertos alegaban le inspiraba desconfianza que se hacía manifiesta en lo que mejor sabe hacer: escupir improperios como si hablara solo. “Señor perico, me temo que voy a tener que pedirle que se retire”, le diría un dependiente ofendido mientras sus gatos fijaban su mirada sobre Polly.
De regreso, ofendido no sabía bien por qué, con el morral en la espalda, pasó de largo enfrente de la máquina de escribir. Cuando buscó debajo de su alita, descubrió que había extraviado la mantequilla.

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