martes, 3 de noviembre de 2015

¿CÓMO HACER AMIGOS?

Con esta sencilla receta hará amigos más pronto de lo que le toma perderlos. Preste especial atención, no plata, a las instrucciones.

Ingredientes (para 4 porcinos)
1 paquete chileno
Hipocresía al disgusto
1 plata de lecheque de cocompra
1 charada de ‘rayadura’ de l[agr]imón
1 barrabasada de margarina
¼ de hora de aceite de olvida

Antes que nada, después de todo, ponga la barrabasada de margarina en una sartén con el follón encendido. Entre tonto, vierta el contenido del paquete chileno en un recincipiente. Que cuanto usted inspire a los demás sea inversamente proporcional a lo que en realidad usted es. De ser menester conservar los restos del contenido del paquete chileno, envuelva a quien amerite en una conversación al vacío. Únicamente atrévase a decir cuánto desean oír. Agregue una pizca de hipocresía. Observe a la barrabasada de margarina derretirse de amor por la sartén; asegúrese de sostenerla por el mango.
Revuélvase entre la gente hasta que la mezcla sea homogénea. Eche de menos ser uno más. Ponga la mezcla en fuego, leeeeeeento, hasta que le hierva la sangre.
Luego, en un procesador de alimentes, agregue a la mezcla la plata de lecheque de cocompra, y debata hasta que quede a punto de ojos que nieven corazón que no siente. Para encajar, ponga la mezcla en el molde. Muéstrese feliz de hacer favores, pero nunca se sienta libre de pedirlos. No pase por alto aceitar los vínculos emocionales; fíjese en meter las relaciones que sobran al congelador.
Decore la superficie, es decir sólo lo que es aparente a la vista, es decir sus buenas intenciones, con ‘rayadura’ de l[agr]imón.

Sólo resta dividir en desproporciones y servir en bandeja de hojalata.

sábado, 3 de octubre de 2015

LO QUE SE PRESTA NO SE PIDE

No me preste, vengo a robar dos minutos de su valioso tiempo. Dos minutos que nadie le retornará jamás. Rásquese los bolsillos.
En lugar de prestar atención, preste libros. Las atenciones le serán devueltas; con el libro, como sucede con el dinero, se corre el riesgo de que elija permanecer con el recipiente de su generosidad. Nunca, nadie, se ha rehusado a pagar dinero o devolver un libro prestados. Son en cambio, el dinero y los libros, los que por voluntad, sin coacción de índole conocida ni amenaza de por medio, deciden cambiar de propietario.
No me pongo de acuerdo con si el error está en prestar libros o devolverlos. De los libros que reposan en los estantes son pocos de los que me precio de que me fueran prestados. Aún así, a quien cometiera la ingenua torpeza de prestarme un libro el cual no hubiese sido objeto de devolución todavía, no le pido que me disculpe, pero le garantizo que lo leí con juicio y agrado, y de no haber sido así le ruego que se haga a la idea de que no encontraría su libro mejor depositario que mi persona. A diferencia de otros, no acostumbro a destinar un estante para libros prestados, prefiero mezclarlos, de manera que se confunden los propios con los ajenos, y, como evolución de la idea que se tiene de la propiedad, en cierto modo, se puede decir de ésta que es compartida: por quien es su legítimo dueño y a quien se le encarga su posesión. Algo así como la custodia compartida por el padre y la madre. Y si bien es cierto que no son bastantes los libros que extraño, los cuales he entregado con el temor a no verlos jamás, cual si se tratara de mi virginidad, existe una situación en particular que no admite discusión: prestar libros es la razón de ser de una biblioteca.
De buenas intenciones y de libros prestados está hecho el camino al infierno, y de los infiernos que tiene a su bien caminar cada cual están hechos los libros. Que de buenas intenciones se alimenten nuestras condenas: estamos condenados a perder libros que confiamos a manos amigas, y a perder amigos por cuenta de libros prestados. Los hay, los libros, que deliberadamente no serán devueltos, bien sea a causa de un afecto inexplicable que se les tomó por cuenta de su calidad literaria o en auténtico aprecio de la edición del volumen, por olvido consciente, o simplemente porque su utilidad es más estimada en nuestras manos que en las del propietario.
Ahora bien, sobre lo que no sabremos nunca es si el cambio de propietario y residencia le pueda causar trastornos a un libro. Cambios en la personalidad, depresión, deterioro físico manifestado en arrugas prematuras en las hojas y la cubierta, dolor de lomo; circunstancias que explicarían el porqué el mismo libro no es leído por dos personas; es decir, el libro se adapta al lector, le muestra lo que únicamente es visible al lector de turno.
Recuerdo bien un bellísimo volumen de pasta negra y dura, como la del Tino, con ilustraciones a página entera. Una biografía sobre Kurt Cobain. Después de leerlo le tomé gran aprecio y me resistía a separarme de él. Podría decirse de él que estaba olvidado bajo una columna de libros, oculto a la vista de su legítimo propietario, de sucederse el infortunio de recibir una visita inesperada de su parte. Sin embargo, yo sabía de la existencia del libro, ahí, sepultado en vida, y él conocía de mi amor por él, de mis cuidados al retirarle el polvo, de la especial atención que le prestaba a que ninguna de sus hojas sufriera de pliegues. Ambos, el propietario del libro y yo, recordábamos que el libro me había sido prestado. Ambos sabíamos que nunca lo había devuelto. Hasta que un día por azar de la voluntad Camilo extrañó su libro. “¿Roberto, ¿me quieres prestar mi libro?” Cómo negarme, en consecuencia, a prestar un libro a riesgo de perderlo para siempre, en lugar de perder un amigo.
Sucede con otros libros prestados que son útiles en tanto su valía es la de librar batallas prestadas. Una edicioncita de Ariel de una traducción de Liar’s Poker de Michael Lewis.
Mateo Sosa, el gerente de la mesa de forex de Banco Santander por allá en los años 1600, cuando el tirano mandó, lo dejó sobre mi porción de mesa sin habérselo pedido prestado, junto a uno sobre value at risk, al notar mi progresivo interés en el mercado de bonos. Lo leía, girando en mi silla, durante los tiempos muertos del mercado, principalmente en la tarde. Quienes se detenían en mi puesto de trabajo fijaban la mirada sobre mí sin atreverse siquiera a preguntar; pasaban de largo para detenerse luego en el puesto de alguno dispuesto a descontar minutos, con el culo sobre una mesa y los pies colgando. Mal haría en decir que el libro me absorbía pero me sentía obligado a leerlo, primero, porque me había sugerido su lectura a quien, de llevarle la contraria, nunca iba a igualar; y segundo, en estima de la gran similitud que detecté entre los curtidos brokers de Wall Street y los traders criollos.
Uno tras otro y tras otro uno se sucedieron tres días, hasta que la curiosidad venció a Felipe Salazar, un tipo con el que particularmente la simpatía no me era espontánea, pero con el que, dicha para el espíritu amargado, me permitía jugar a que sí. Respondía, no obstante, sin ganas a sus inquietudes sobre el libro, que qué con el rollo de los bonos hipotecarios, que qué de las tasas de descuento, que qué en cuanto a la duración comparada con el plazo de maduración, sin siquiera levantar la mirada. Maricadas.
Del libro la más precisa aproximación en resumen es la premisa de que si uno no ha identificado al tonto en un juego de poker, en efecto, el tonto es uno.
De antemano, sabiendo que era una tontería lo que haría, accedí a prestarle a Salazar un libro que no me pertenecía tan pronto cuando lo terminara. Y digo ‘accedí’ para retozar en la ilusión de que hubo alguna presión o insistencia de su parte, cuando bien sé que no pasó su lance de ordinaria insinuación.
Tanta tardanza en la devolución del libro incomodó a Mateo y, áspero como es, me desafió a terminar de leerlo para antes de ayer. Avergonzado, y tonto como soy, le narré la absurda circunstancia a la cual se debía la tardanza. ¿Absurda circunstancia? Ésta, la de mi ‘retardanza’. Avergonzado, y tonto como soy, traté de explicar cuanto no admitía explicación. Sin mediar palabra, alargó su brazo Mateo y arrebató el libro de value at risk de mis manos cuando apenas iba por la mitad.
Más tardó Mateo en cerrar tras de sí la puerta de su oficina que en arrollarme la amonestación de Salazar. “No se prestan libros prestados, viejo.”
¿Que no? ¿Qué destino entonces, por lo demás, en virtud de los protocolos regios de la tradición en que se enmarca la noble práctica de prestar con la condición de la oportuna devolución a cambio, le depara a un libro si no acumular polvo en un estante, cuando bien puede trascender exponencialmente su existencia al transubstanciar el conocimiento de unos ojos a otros, y de otros a aquellos?
   Mientras esperaba impacientemente a que Salazar me devolviera el libro me ocupaba en buscar uno de remplazo para congraciarme con Mateo. Y conmigo mismo: repudiaba casi tanto saberme un re-lender como habrá de sentirse ser un re-gifter. Menuda empresa. El volumen era prácticamente imposible de conseguir, a menos que se tratara de uno leído con el que me tropecé en la octava. De manera que mandé a pedir una edición de Penguin, que si bien no era lujosa, resultó más presentable que la del libro original. Bien peinada, vestida a la moda, corbata Hermès, reloj Omega y que tales.
Llegó, por fin, el libro que pedí envuelto en papel periódico templado, el mismo día en que Salazar dejó sobre mi puesto de trabajo el libro que pertenecía legítimamente a Mateo. Un libro que se convirtió en tres, así nomás. Por mi parte, conservé los dos libros sustitutos a manera de recordatorio de la vergüenza que pasé, y el sinsabor que por fortuna pasó.
Sin embargo, ¿qué de los libros prestados que son devueltos? ¿Mueren?
La vitalidad, el rejuvenecimiento, la vigencia de un libro, son proporcionales al deterioro de sus cuerpos: marcas de dedos sucios en los filos de las hojas y esquinas dobladas, la pasta de cartón quebrada. Tal y como luce uno que trata sobre la luz invisible a los ojos que habitan en la niebla: esquinas de las hojas dobladas, cubierta de cartón quebradiza, banderitas aferradas a hojas que habitan en la niebla, izadas ahí, quizás, después de iniciada e interrumpida su lectura, a manera de señal, por dos pares de manos sin ojos, indicando el momento en que se habrán de reencontrar.

jueves, 17 de septiembre de 2015

SOBRE LA RENDICIÓN Y LA TERQUEDAD - Por un periquito

Polly es un periquito inquieto aunque perezoso. Se gana la vida haciendo trucos: se sostiene en la vara de su jaula en una patita a la vez que hace maromas para vivirse, repite groserías que le enseñan aunque ignore qué signifiquen. A pesar de que a Polly no le gustan las galletas soda lleva siempre una porción de mantequilla (de esas que sirven con los desayunos continentales) bajo el ala para darles sabor.
Durante las mañanas lee desordenadamente, sin método ni juicio; entre los columnistas de opinión y los novelistas mainstream pierde a la vez el tiempo y la razón. Dándose mañas, luego de almorzar alpiste, sale de su jaula y teclea con dificultad en la máquina de escribir. Una I seguida de la H. Continúa con la J, la U, la E. Con cuidado de no meter la patita, camina de lado a lado sobre el teclado. La P la U la T y finaliza, agotado, con la A.
Encontrábase entonces Polly practicando malas palabras, recitando hijueputazos sin tregua, cuando le interrumpió una llamada telefónica de la lavandería. “¿Don Polly? Buenas tardes. ¿Es acaso usted el simpático además de guapo periquito que dejó ayer un morral para lavar, con el cual recomendó usted que se manipulara con excesivo cuidado, y además se requería suma urgencia en su entrega, pues su señora periquita lo necesitaba a más tardar para el jueves?” “Desde luego, gentil humano de la lavandería.” Respondió Polly. “Lamento informarle, señor Polly que, en vista de que la encargada está recién contratada y se encuentra en entrenamiento, cometió el imperdonable error de informarle mal sobre el asunto en cuestión.” Tomó aire y tragó saliva el humano de la lavandería al otro lado del teléfono. “Verá usted” prosiguió, “lamento que le hiciéramos perder el tiempo, pero el morral estaría listo no antes del sábado, pues, no obstante que el lavado no exige mayor dedicación de tiempo al empleado en una prenda común y silvestre, el secado sí tardaría. No es posible meterlo con las demás prendas en la máquina de secar. Haría falta que le hiciera compañía a la caldera durante un par de noches.” “Es una lástima, señor humano de la lavandería”, masculló Polly más defraudado que ofendido. “Le agradezco, sin embargo, la oportuna información, señor humano de la lavandería. En todo caso, no se preocupe, que más se perdió en la legendaria guerra de los pericos amaestrados anónimos contra los gatos sin gracia de Instagram”, le excusó Polly. “Eso sí, le recomiendo que a su nueva empleada en entrenamiento le condenen a alimentarse de galletitas soda y le sea suprimido el suministro de agua de por vida.” Añadió el perico antes de colgar el cuerno telefónico que sostuviera con una patita.
La tarde nublada y el tiempo en contra. Angustiado, Polly abandonó a su muerte las malas palabras que practicaba, extendió sus alas y se apresuró a ir en busca del morral para llevarlo a otra lavandería. Sobrevoló, esquivando palomas y el cableado energético, de tal manera, en toda su extensión planeada y ordenada territorialmente los vecindarios colindantes.
No recibió más que respuestas idénticas a la suministrada inicialmente por el señor humano de la lavandería. “De ganar mejor tosiendo vulgaridades le compraría un morral nuevo a periquita”, pensó.
Una amable señora, encargada de una de las lavandería que gozaban de más prestigio y tradición en el país de los humanos amaestradores de pericos, temiendo que la noticia le rompiera el corazón al bueno de Polly, se arriesgó a corroborar que el morral no sería posible tenerlo listo antes del lunes, en tanto que, en consideración de que estaba confeccionado con diferentes materiales, era menester lavarlo y secarlo por partes. Una lástima.
Sin victoria y sin guerra, sin ton ni ron, voló Polly de un vecindario a otro, y quien le ofreciera tenerlo listo antes de los plazos que los expertos alegaban le inspiraba desconfianza que se hacía manifiesta en lo que mejor sabe hacer: escupir improperios como si hablara solo. “Señor perico, me temo que voy a tener que pedirle que se retire”, le diría un dependiente ofendido mientras sus gatos fijaban su mirada sobre Polly.
De regreso, ofendido no sabía bien por qué, con el morral en la espalda, pasó de largo enfrente de la máquina de escribir. Cuando buscó debajo de su alita, descubrió que había extraviado la mantequilla.

jueves, 26 de febrero de 2015

HOGAR ES DONDE TE RECIBEN CON AGUADEPANELA CALIENTE CON LIMÓN Y JENGIBRE

No es fácil extrañar a alguien que de antemano se sabe que nunca regresará; pero es más angustioso extrañar a alguien que se sabe que está ahí.

Para evitarlo, de tal manera, se recomienda disponer los elementos necesarios de trabajo sobre el escritorio: una regla para rascarse la espalda, un cenicero lleno de caramelos, una jarra vacía, lápices y borrador (no sea que se quiera sobrescribir sobre lo borrado), Liquid Paper® con propósitos terroristas, pestañas abiertas en el Chrome de todos los periódicos y revistas de interés, una pestaña adicional de YouPorn, y una de YouTube, pestañina para evitar que se sequen y, en efecto, se cierren, un sombrero para protegerse de los rayos de sol que se filtran por los cristales de la oficina, un poncho que haga juego con el sombrero; bebidas frías a gusto, con el objeto de calmar el calor que cause el poncho en un día de sol; un naipe para fijar la mirada sobre él durante bochornosos minutos y preguntarse por qué nunca se aprendió a jugar bien al poker. Al poker o al tute. El libro de turno, no sea que el tedio le abra la imaginación, o la obstruya, y se le ocurra escribir burradas. Un rollo de papel sanitario.

Píntese la uña de un dedo meñique con el Liquid Paper®. Mírela fijamente. Huélala. Sienta asco por usted mismo y su flojera. Corte dos cuadritos de papel sanitario y límpiela. Marque con el Liquid Paper® una carta de la baraja. Revuelva el mazo. Hágase trampa. Repróchese no haber dejado secar el Liquid Paper® antes de barajar, ahora las cartas están pegadas, arruinadas. Arroje los naipes a la basura junto con los cuadritos de papel sanitario. Saboree un caramelo, cierre los ojos. Olvide la envoltura del caramelo, con seguridad, nadie más la recogerá por usted. Saque otro caramelo de la envoltura de celofán (arrójela, al azar, en un lugar diferente al que eligió para abandonar la del caramelo anterior), y envuélvalo en carne (con la lengua), acto (no sexual) seguido abra una lata de CocaCola, fría, beba un sorbo, mezcle los sabores dentro de su boca. Llévese un cigarrillo a la boca, antes de encenderlo recuerde que está dejando de fumar. Acomódese el sombrero con la regla. Escupa en la jarra.

Intente alternar los elementos de trabajo y sus aplicaciones, así pasará el tiempo más rápido, más rápido el paso será tiempo. Mezcle en su boca los sabores del caramelo y del Liquid Paper®, alivie la comezón de su espalda virtiendo CocaCola por su cuello, reparta las cartas sobre el sombrero, retírero de su cabeza, aplíquese Liquid Paper® sobre su rostro a manera de bloqueador solar, hágase trampa, y así...

Deje de extrañar, ya se acabó el día. Cierre las pestañas: la música y el porno siempre estarán ahí para recordarle dónde está usted. Escriba algo con el rímel. Cualquier cosa. La que le antoje primero. Estire el poncho sobre el suelo y disponga los elementos necesarios de trabajo sobre él. Átelo con un nudo a un palo de escoba y cárguelo hasta casa.