No me preste, vengo a robar dos minutos de su valioso
tiempo. Dos minutos que nadie le retornará jamás. Rásquese los bolsillos.
En lugar de prestar atención,
preste libros. Las atenciones le serán devueltas; con el libro, como sucede con
el dinero, se corre el riesgo de que elija permanecer con el recipiente de su
generosidad. Nunca, nadie, se ha rehusado a pagar dinero o devolver un libro
prestados. Son en cambio, el dinero y los libros, los que por voluntad, sin coacción
de índole conocida ni amenaza de por medio, deciden cambiar de propietario.
No me pongo de acuerdo con si el
error está en prestar libros o devolverlos. De los libros que reposan en los
estantes son pocos de los que me precio de que me fueran prestados. Aún así, a
quien cometiera la ingenua torpeza de prestarme un libro el cual no hubiese
sido objeto de devolución todavía, no le pido que me disculpe, pero le
garantizo que lo leí con juicio y agrado, y de no haber sido así le ruego que
se haga a la idea de que no encontraría su libro mejor depositario que mi
persona. A diferencia de otros, no acostumbro a destinar un estante para libros
prestados, prefiero mezclarlos, de manera que se confunden los propios con los
ajenos, y, como evolución de la idea que se tiene de la propiedad, en cierto
modo, se puede decir de ésta que es compartida: por quien es su legítimo dueño
y a quien se le encarga su posesión. Algo así como la custodia compartida por
el padre y la madre. Y si bien es cierto que no son bastantes los libros que
extraño, los cuales he entregado con el temor a no verlos jamás, cual si se
tratara de mi virginidad, existe una situación en particular que no admite
discusión: prestar libros es la razón de ser de una biblioteca.
De buenas intenciones y de libros
prestados está hecho el camino al infierno, y de los infiernos que tiene a su
bien caminar cada cual están hechos los libros. Que de buenas intenciones se alimenten
nuestras condenas: estamos condenados a perder libros que confiamos a manos
amigas, y a perder amigos por cuenta de libros prestados. Los hay, los libros,
que deliberadamente no serán devueltos, bien sea a causa de un afecto
inexplicable que se les tomó por cuenta de su calidad literaria o en auténtico
aprecio de la edición del volumen, por olvido consciente, o simplemente porque su
utilidad es más estimada en nuestras manos que en las del propietario.
Ahora bien, sobre lo que no
sabremos nunca es si el cambio de propietario y residencia le pueda causar
trastornos a un libro. Cambios en la personalidad, depresión, deterioro físico
manifestado en arrugas prematuras en las hojas y la cubierta, dolor de lomo;
circunstancias que explicarían el porqué el mismo libro no es leído por dos
personas; es decir, el libro se adapta al lector, le muestra lo que únicamente es
visible al lector de turno.
Recuerdo bien un bellísimo
volumen de pasta negra y dura, como la del Tino, con ilustraciones a página
entera. Una biografía sobre Kurt Cobain. Después de leerlo le tomé gran aprecio
y me resistía a separarme de él. Podría decirse de él que estaba olvidado bajo
una columna de libros, oculto a la vista de su legítimo propietario, de sucederse
el infortunio de recibir una visita inesperada de su parte. Sin embargo, yo
sabía de la existencia del libro, ahí, sepultado en vida, y él conocía de mi
amor por él, de mis cuidados al retirarle el polvo, de la especial atención que
le prestaba a que ninguna de sus hojas sufriera de pliegues. Ambos, el
propietario del libro y yo, recordábamos que el libro me había sido prestado.
Ambos sabíamos que nunca lo había devuelto. Hasta que un día por azar de la
voluntad Camilo extrañó su libro. “¿Roberto, ¿me quieres prestar mi libro?” Cómo
negarme, en consecuencia, a prestar un libro a riesgo de perderlo para siempre,
en lugar de perder un amigo.
Sucede con otros libros prestados
que son útiles en tanto su valía es la de librar batallas prestadas. Una
edicioncita de Ariel de una
traducción de Liar’s Poker de Michael Lewis.
Mateo Sosa, el gerente de la mesa
de forex de Banco Santander por allá
en los años 1600, cuando el tirano mandó, lo dejó sobre mi porción de mesa sin
habérselo pedido prestado, junto a uno sobre value at risk, al notar mi progresivo interés en el mercado de
bonos. Lo leía, girando en mi silla, durante los tiempos muertos del mercado,
principalmente en la tarde. Quienes se detenían en mi puesto de trabajo fijaban
la mirada sobre mí sin atreverse siquiera a preguntar; pasaban de largo para
detenerse luego en el puesto de alguno dispuesto a descontar minutos, con el
culo sobre una mesa y los pies colgando. Mal haría en decir que el libro me
absorbía pero me sentía obligado a leerlo, primero, porque me había sugerido su
lectura a quien, de llevarle la contraria, nunca iba a igualar; y segundo, en
estima de la gran similitud que detecté entre los curtidos brokers de Wall Street y los traders
criollos.
Uno tras otro y tras otro uno se
sucedieron tres días, hasta que la curiosidad venció a Felipe Salazar, un tipo con
el que particularmente la simpatía no me era espontánea, pero con el que, dicha
para el espíritu amargado, me permitía jugar a que sí. Respondía, no obstante,
sin ganas a sus inquietudes sobre el libro, que qué con el rollo de los bonos
hipotecarios, que qué de las tasas de descuento, que qué en cuanto a la
duración comparada con el plazo de maduración, sin siquiera levantar la mirada.
Maricadas.
Del libro la más precisa
aproximación en resumen es la premisa de que si uno no ha identificado al tonto
en un juego de poker, en efecto, el tonto es uno.
De antemano, sabiendo que era una
tontería lo que haría, accedí a prestarle a Salazar un libro que no me
pertenecía tan pronto cuando lo terminara. Y digo ‘accedí’ para retozar en la
ilusión de que hubo alguna presión o insistencia de su parte, cuando bien sé
que no pasó su lance de ordinaria insinuación.
Tanta tardanza en la devolución
del libro incomodó a Mateo y, áspero como es, me desafió a terminar de leerlo
para antes de ayer. Avergonzado, y tonto como soy, le narré la absurda circunstancia
a la cual se debía la tardanza. ¿Absurda circunstancia? Ésta, la de mi ‘retardanza’.
Avergonzado, y tonto como soy, traté de explicar cuanto no admitía explicación.
Sin mediar palabra, alargó su brazo Mateo y arrebató el libro de value at risk de mis manos cuando apenas
iba por la mitad.
Más tardó Mateo en cerrar tras de
sí la puerta de su oficina que en arrollarme la amonestación de Salazar. “No se
prestan libros prestados, viejo.”
¿Que no? ¿Qué destino entonces,
por lo demás, en virtud de los protocolos regios de la tradición en que se
enmarca la noble práctica de prestar con la condición de la oportuna devolución
a cambio, le depara a un libro si no acumular polvo en un estante, cuando bien puede
trascender exponencialmente su existencia al transubstanciar el conocimiento de
unos ojos a otros, y de otros a aquellos?
Mientras esperaba impacientemente a que
Salazar me devolviera el libro me ocupaba en buscar uno de remplazo para
congraciarme con Mateo. Y conmigo mismo: repudiaba casi tanto saberme un re-lender como habrá de sentirse ser un re-gifter. Menuda empresa. El volumen
era prácticamente imposible de conseguir, a menos que se tratara de uno leído
con el que me tropecé en la octava. De manera que mandé a pedir una edición de
Penguin, que si bien no era lujosa, resultó más presentable que la del libro
original. Bien peinada, vestida a la moda, corbata Hermès, reloj Omega y que
tales.
Llegó, por fin, el libro que pedí
envuelto en papel periódico templado, el mismo día en que Salazar dejó sobre mi
puesto de trabajo el libro que pertenecía legítimamente a Mateo. Un libro que se
convirtió en tres, así nomás. Por mi parte, conservé los dos libros sustitutos a
manera de recordatorio de la vergüenza que pasé, y el sinsabor que por fortuna
pasó.
Sin embargo, ¿qué de los libros
prestados que son devueltos? ¿Mueren?
La vitalidad, el
rejuvenecimiento, la vigencia de un libro, son proporcionales al deterioro de
sus cuerpos: marcas de dedos sucios en los filos de las hojas y esquinas
dobladas, la pasta de cartón quebrada. Tal y como luce uno que trata sobre la
luz invisible a los ojos que habitan en la niebla: esquinas de las hojas
dobladas, cubierta de cartón quebradiza, banderitas aferradas a hojas que
habitan en la niebla, izadas ahí, quizás, después de iniciada e interrumpida su
lectura, a manera de señal, por dos pares de manos sin ojos, indicando el
momento en que se habrán de reencontrar.