jueves, 10 de julio de 2014

UN INTERÉS QUE PONDRÍA CELOSO A UN BANQUERO

De nuevo. Una tarde de sábado en la tarde con un sol típico de sábado en la tarde. Sin avisar; sin siquiera anunciarte. Te antojó llegar. Sin ganas. Casi que engañada, según lo que me contaste.
                Lo primero que vi de ti. Que tu papá venía conduciendo, como acostumbra, y a su lado no venía tu mamá, eras tú, con el cinturón de seguridad remarcando tus tetas. Quería, pero no me atrevía a quitarles los ojos de encima. Nunca me dijiste qué mierda mi mirada sobre tus tetas inspiró; o sí, sí lo hiciste, pero con sombras cómplices que tan solo deseaban despistar la mirada despistada de Alberto.
                Abrí tu puerta del coche para invitarte a seguir a mi negocio, con el cual tu papá se sintió cómodo desde que empezó a frecuentarlo. Necesitaba que sintieras lo mismo, a pesar de que mi iniciativa causó el efecto contrario. Quería atraerte, no sé si hacia mí o hacia la conveniencia comercial que propiciaba la oportunidad. Preferiste permanecer dentro del vehículo hasta que te obligué a abandonarlo para hacer efectivo el inicio del servicio. Un enjuague ordinario. Bajaste del coche y te reuniste con Alberto y conmigo, inocente de que nuestra conversación se limitaba a lo comercial. A la cortesía que tanto odias.
                Alberto abrió su paquete de cigarrillos y me ofreció uno: un Kool. Mierda. No fumo Kool desde unos meses después de haber empezado a fumar hace ya casi veinte años. Nunca creí en los mitos que le daban la propiedad de la esterilidad al Kool, pero odio ese aroma hipócrita que te hace sentir que tus pulmones están a salvo. Odio ese sabor a protección falsa. Deslicé mi mano dentro de mi bolsillo y enseñé con orgullo mi paquete de Pielroja, la alcé hasta mi boca y apreté un cigarro entre mis labios; antes de que mi mano acercara el encendedor a mi boca Alberto movía su mano con suavidad, rodeando la punta de mi cigarro con la llama que fluía de sus dedos.
                Aspiré con ganas. Y boté el humo a satisfacción y di un paso atrás.
                                El sol me quemaba el cuello, de manera que decidí protegerme, y te invité a seguirme, un instante después de que con Alberto discutieran las propiedades que inducían la esterilidad a causa de fumar Kool. Él, con naturalidad, te interrogó si el Kool lo había dejado esteril. Respondiste con una mueca grosera y me seguiste, manifestándole que te era indiferente enterarte de cuanto fuese referente al tema.
Examinaste mi oficina sin ignorar una sola pared, ninguna esquina. Te sentaste en la banca de invitados y refugiaste tus ojos en el teléfono. Solo los alzaste cuanto te ofrecí una taza de mi mejor café. Del que tomo únicamente para presumir, nunca para disfrutar.
Y sí, hablamos por hablar, aunque con un interés que pondría celoso a un banquero.

No hay comentarios:

Publicar un comentario