De nuevo. Una tarde de sábado en la tarde con un sol típico de
sábado en la tarde. Sin avisar; sin siquiera anunciarte. Te antojó llegar. Sin
ganas. Casi que engañada, según lo que me contaste.
Lo primero
que vi de ti. Que tu papá venía conduciendo, como acostumbra, y a su lado no venía
tu mamá, eras tú, con el cinturón de seguridad remarcando tus tetas. Quería,
pero no me atrevía a quitarles los ojos de encima. Nunca me dijiste qué mierda
mi mirada sobre tus tetas inspiró; o sí, sí lo hiciste, pero con sombras
cómplices que tan solo deseaban despistar la mirada despistada de Alberto.
Abrí tu
puerta del coche para invitarte a seguir a mi negocio, con el cual tu papá se
sintió cómodo desde que empezó a frecuentarlo. Necesitaba que sintieras lo
mismo, a pesar de que mi iniciativa causó el efecto contrario. Quería atraerte,
no sé si hacia mí o hacia la conveniencia comercial que propiciaba la
oportunidad. Preferiste permanecer dentro del vehículo hasta que te obligué a abandonarlo
para hacer efectivo el inicio del servicio. Un enjuague ordinario. Bajaste del
coche y te reuniste con Alberto y conmigo, inocente de que nuestra conversación
se limitaba a lo comercial. A la cortesía que tanto odias.
Alberto
abrió su paquete de cigarrillos y me ofreció uno: un Kool. Mierda. No fumo Kool
desde unos meses después de haber empezado a fumar hace ya casi veinte años.
Nunca creí en los mitos que le daban la propiedad de la esterilidad al Kool,
pero odio ese aroma hipócrita que te hace sentir que tus pulmones están a
salvo. Odio ese sabor a protección falsa. Deslicé mi mano dentro de mi bolsillo
y enseñé con orgullo mi paquete de Pielroja, la alcé hasta mi boca y apreté un
cigarro entre mis labios; antes de que mi mano acercara el encendedor a mi boca
Alberto movía su mano con suavidad, rodeando la punta de mi cigarro con la
llama que fluía de sus dedos.
Aspiré
con ganas. Y boté el humo a satisfacción y di un paso atrás.
El sol me quemaba el cuello, de manera
que decidí protegerme, y te invité a seguirme, un instante después de que con
Alberto discutieran las propiedades que inducían la esterilidad a causa de
fumar Kool. Él, con naturalidad, te interrogó si el Kool lo había dejado
esteril. Respondiste con una mueca grosera y me seguiste, manifestándole que te
era indiferente enterarte de cuanto fuese referente al tema.
Examinaste mi oficina sin ignorar
una sola pared, ninguna esquina. Te sentaste en la banca de invitados y
refugiaste tus ojos en el teléfono. Solo los alzaste cuanto te ofrecí una taza
de mi mejor café. Del que tomo únicamente para presumir, nunca para disfrutar.
Y sí, hablamos por hablar, aunque
con un interés que pondría celoso a un banquero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario