viernes, 15 de agosto de 2014

LAS VUELTAS QUE DA LA VIDA: LA VIDA ME HIZO LA VUELTA

Reviso mis recuerdos de los últimos días, de las últimas semanas, de los últimos meses, de los últimos años; y nada. No encuentro nada que quiera decir. Nada sobre lo que valga la pena comentar. Ninguna memoria digna de ser materia de discusión.
De la causa de mi orgullo, de lo que el orgullo me causa; de nada de eso puedo hablar. No quiero.
Caminante no hay camino, me vale un comino el andar.
Porque sí. Porque no hay causa peor que la causa perdida, y no hay nada peor que perder por una causa. Y no hay acto más vacío que hablar por hablar, que por hablar hablar, que hablar sobre lo que se habló, que escribir un ladrillo con el cual darse el lujo de romper el silencio.
Hablar del tiempo perdido, ni de lo que me hizo perder el tiempo, harán que quiera hablar, ni que quiera lo que hablo.
Y nada, de la nada, hurgo en la memoria, en ese hoyo vacío, aunque pesado.

jueves, 10 de julio de 2014

UN INTERÉS QUE PONDRÍA CELOSO A UN BANQUERO

De nuevo. Una tarde de sábado en la tarde con un sol típico de sábado en la tarde. Sin avisar; sin siquiera anunciarte. Te antojó llegar. Sin ganas. Casi que engañada, según lo que me contaste.
                Lo primero que vi de ti. Que tu papá venía conduciendo, como acostumbra, y a su lado no venía tu mamá, eras tú, con el cinturón de seguridad remarcando tus tetas. Quería, pero no me atrevía a quitarles los ojos de encima. Nunca me dijiste qué mierda mi mirada sobre tus tetas inspiró; o sí, sí lo hiciste, pero con sombras cómplices que tan solo deseaban despistar la mirada despistada de Alberto.
                Abrí tu puerta del coche para invitarte a seguir a mi negocio, con el cual tu papá se sintió cómodo desde que empezó a frecuentarlo. Necesitaba que sintieras lo mismo, a pesar de que mi iniciativa causó el efecto contrario. Quería atraerte, no sé si hacia mí o hacia la conveniencia comercial que propiciaba la oportunidad. Preferiste permanecer dentro del vehículo hasta que te obligué a abandonarlo para hacer efectivo el inicio del servicio. Un enjuague ordinario. Bajaste del coche y te reuniste con Alberto y conmigo, inocente de que nuestra conversación se limitaba a lo comercial. A la cortesía que tanto odias.
                Alberto abrió su paquete de cigarrillos y me ofreció uno: un Kool. Mierda. No fumo Kool desde unos meses después de haber empezado a fumar hace ya casi veinte años. Nunca creí en los mitos que le daban la propiedad de la esterilidad al Kool, pero odio ese aroma hipócrita que te hace sentir que tus pulmones están a salvo. Odio ese sabor a protección falsa. Deslicé mi mano dentro de mi bolsillo y enseñé con orgullo mi paquete de Pielroja, la alcé hasta mi boca y apreté un cigarro entre mis labios; antes de que mi mano acercara el encendedor a mi boca Alberto movía su mano con suavidad, rodeando la punta de mi cigarro con la llama que fluía de sus dedos.
                Aspiré con ganas. Y boté el humo a satisfacción y di un paso atrás.
                                El sol me quemaba el cuello, de manera que decidí protegerme, y te invité a seguirme, un instante después de que con Alberto discutieran las propiedades que inducían la esterilidad a causa de fumar Kool. Él, con naturalidad, te interrogó si el Kool lo había dejado esteril. Respondiste con una mueca grosera y me seguiste, manifestándole que te era indiferente enterarte de cuanto fuese referente al tema.
Examinaste mi oficina sin ignorar una sola pared, ninguna esquina. Te sentaste en la banca de invitados y refugiaste tus ojos en el teléfono. Solo los alzaste cuanto te ofrecí una taza de mi mejor café. Del que tomo únicamente para presumir, nunca para disfrutar.
Y sí, hablamos por hablar, aunque con un interés que pondría celoso a un banquero.

martes, 8 de julio de 2014

LA NECESIDAD TIENE CARA DE YO NO FUI

Las hay cosas que se hacen temprano, a tiempo o tarde. Por ejemplo, hay cosas que se dicen antes del momento apropiado, y tal prisa precipitará su resultado habitualmente en una consecuencia negativa; es como una satisfacción prematura, sin carne, fugaz. Cuando la misma cosa es dicha, con dicha, tarde, luego de que fuera necesaria su manifestación, sucede igual que en el suceso de haber tomado un bus ‘ruta fácil’, repleto, después de esperar durante varios minutos el bus expreso, que con menos paradas lo lleva a uno al destino, y verlo pasar al lado del que uno abordó, vacío, poco apetitoso para los raperos y los vendedores de galletitas, manillas, juegos de agujas e hilo, y demás chucherías innecesarias. Ya pa’ qué.
Pero hay cosas que se hacen, no con la condición del tiempo sino cuando se necesitan. El director técnico de un equipo de fútbol no le pide tiempo al juez central del encuentro cuando éste está empatado y restan veinte minutos para su finalización: alzará los brazos y presionará al cuarto juez cuando restan dos minutos del tiempo de reposición y su rival apura para remontar el marcador.
Hay cosas que se dicen o se hacen no por una condición temporal sino por necesidad. La necesidad, en ocasiones, puede condicionar el momento apropiado en que se realiza o se deja de hacer algo. Sin embargo, el tiempo no condicionará la necesidad, a menos que se trate de una necesidad contenida durante un tiempo durante el cual se aguardó por el momento preciso. Sólo en este caso la necesidad será el tiempo apropiado.
El amor es de esas cosas que exige que se hagan cosas con una medida justa del tiempo y también considerando la necesidad.
Ésta es una de esas cosas que hago, no porque sea el momento apropiado, quizá sea demasiado tarde, no importa si veo rodar al bus expreso, liviano, por la ventanilla contra la que me aprisionan los demás pasajeros del ‘ruta fàcil’, total, ambos me llevarán a mi destino, el cual desconozco aunque presiento, sino por la necesidad de hacer visible, desde la distancia, cómo la vida me vive a mí.