La noche bogotana es una amenaza. Siempre es latente el riesgo
de ser asaltado dos cuadras antes de llegar a casa o de quedar atrapado durante
horas en un embotellamiento de Transmilenio. Con fortuna, la amenaza menos
intimidante es la de lluvia.
Una fila de autos amarillos se hace más larga a medida que
empieza a menguar el flujo de pasajeros en la Autopista con calle 170, en el
sentido norte-sur. El sentido común sugeriría, en ese orden de ideas, que los
pasajeros esperaran su turno para abordar un taxi. Primero en llegar primero en
salir. Sin embargo, una cosa es el orden de ideas, y otra, la práctica, en una
ciudad en la que el orden no pasa de ser una idea. Desde sus taxis detenidos los
conductores hacen cambio de luces apenas notan a un pasajero aproximarse a la
fila, pitan, levantan el brazo y lo sacan por la ventanilla. Los pasajeros, por
su parte, examinan el estado del vehículo y la facha del taxista como criterio
de elección. En el sentido sur-norte es similar el desorden; en estéreo, se
oyen voces que venden tiquetes a Chiquinquirá, a Tunja, aunque la fila es de
buses intermunicipales que esperan uno tras otro a la señal de partida en medio
de una atmósfera de olor a fritos mezclado con orín.
Sin despegar la mirada del parabrisas esperó a que sus dos
pasajeros abordaran el vehículo. Saludó y, antes de arrancar, puso en marcha el
taxímetro: un colega le cerró el paso para aprovechar y tomar el lugar que
alguno otro dejara libre. No reclamó. Raro. No se enfadó. Rarísimo. Con la
tabla de unidades en la mano le informé al conductor del destino al que nos
dirigíamos, no lejos de ahí.
Por costumbre compruebo si coincide la fotografía en la tabla de
unidades con el conductor. Por costumbre y por seguridad. De muchas costumbres
y manías el temor es el inductor natural. Aliviado, dejé la tabla de unidades
en su lugar, detrás del espaldar del puesto del copiloto, sobre el que
descansaban unas muletas. No fue sino que manifestara mi incomodidad por el
taxista que se le atravesó antes de que arrancáramos, para que el conductor
interpretara mi falsa solidaridad como una ventana abierta para saltar al vacío
de una conversación.
—¿Qué tal el ‘hijueputa’, ah? —Se
quejó. —No vaya a creer usted que todos los taxistas somos así. Los hay
también buenos. Es que hay cada ‘hijueputa’ que por ganarse dos mil pesos hace
lo que sea. —Disculpó a los colegas que eran, según lo que decía, honestos,
serviciales y respetuosos como él.
—Hmm. —Desanimado contesté sin
responder, y el silencio a continuación le sirvió de pretexto, manifestó la
misma opinión que tenía de Santos y de los negociadores en La Habana que para
Petro: que son unos ‘hijueputas’.
—Por eso estamos como estamos. Serían $
6.000 pesitos, con el recargo nocturno. —Dijo mirándonos por el espejo
retrovisor. —La propina es voluntaria.
Edith tenía el dinero listo en la mano, se lo
entregó al conductor y huyó al mejor estilo del Centro Democrático, sin dejar siquiera
una carta de despedida, mientras, por pura cortesía disfrazada de lástima, dejé
entrar por un oído y salir por el odio las quejas del conductor de taxi en
muletas.