miércoles, 9 de marzo de 2016

DE CUANDO LA LÁSTIMA SE HACE PASAR POR CORTESÍA

La noche bogotana es una amenaza. Siempre es latente el riesgo de ser asaltado dos cuadras antes de llegar a casa o de quedar atrapado durante horas en un embotellamiento de Transmilenio. Con fortuna, la amenaza menos intimidante es la de lluvia.
Una fila de autos amarillos se hace más larga a medida que empieza a menguar el flujo de pasajeros en la Autopista con calle 170, en el sentido norte-sur. El sentido común sugeriría, en ese orden de ideas, que los pasajeros esperaran su turno para abordar un taxi. Primero en llegar primero en salir. Sin embargo, una cosa es el orden de ideas, y otra, la práctica, en una ciudad en la que el orden no pasa de ser una idea. Desde sus taxis detenidos los conductores hacen cambio de luces apenas notan a un pasajero aproximarse a la fila, pitan, levantan el brazo y lo sacan por la ventanilla. Los pasajeros, por su parte, examinan el estado del vehículo y la facha del taxista como criterio de elección. En el sentido sur-norte es similar el desorden; en estéreo, se oyen voces que venden tiquetes a Chiquinquirá, a Tunja, aunque la fila es de buses intermunicipales que esperan uno tras otro a la señal de partida en medio de una atmósfera de olor a fritos mezclado con orín.
Sin despegar la mirada del parabrisas esperó a que sus dos pasajeros abordaran el vehículo. Saludó y, antes de arrancar, puso en marcha el taxímetro: un colega le cerró el paso para aprovechar y tomar el lugar que alguno otro dejara libre. No reclamó. Raro. No se enfadó. Rarísimo. Con la tabla de unidades en la mano le informé al conductor del destino al que nos dirigíamos, no lejos de ahí.
Por costumbre compruebo si coincide la fotografía en la tabla de unidades con el conductor. Por costumbre y por seguridad. De muchas costumbres y manías el temor es el inductor natural. Aliviado, dejé la tabla de unidades en su lugar, detrás del espaldar del puesto del copiloto, sobre el que descansaban unas muletas. No fue sino que manifestara mi incomodidad por el taxista que se le atravesó antes de que arrancáramos, para que el conductor interpretara mi falsa solidaridad como una ventana abierta para saltar al vacío de una conversación.
¿Qué tal el ‘hijueputa’, ah? —Se quejó. —No vaya a creer usted que todos los taxistas somos así. Los hay también buenos. Es que hay cada ‘hijueputa’ que por ganarse dos mil pesos hace lo que sea. —Disculpó a los colegas que eran, según lo que decía, honestos, serviciales y respetuosos como él.
Hmm. —Desanimado contesté sin responder, y el silencio a continuación le sirvió de pretexto, manifestó la misma opinión que tenía de Santos y de los negociadores en La Habana que para Petro: que son unos ‘hijueputas’.
Por eso estamos como estamos. Serían $ 6.000 pesitos, con el recargo nocturno. —Dijo mirándonos por el espejo retrovisor. —La propina es voluntaria.
Edith tenía el dinero listo en la mano, se lo entregó al conductor y huyó al mejor estilo del Centro Democrático, sin dejar siquiera una carta de despedida, mientras, por pura cortesía disfrazada de lástima, dejé entrar por un oído y salir por el odio las quejas del conductor de taxi en muletas.